Hace ya tres semanas que tuvimos nuestra primera ecografía y no había escrito nada sobre eso. El silencio se debía básicamente a que todavía no hacíamos oficial y de conocimiento público nuestro embarazo, aunque ya muchos lo sabían. Ahora que estamos a un día de una segunda ecografía (lo que nos tiene muy emocionados), quisiera contarles cómo fue esa primera experiencia y las cosas raras que le dicen a uno por estos lados...
Nuestro primer acercamiento con un doctor fue en el servicio de salud de la universidad, donde nos atendió una doctora a la que apodamos Lovely, porque para ella todo era lovely. Tenía una voz cantarina muy divertida y su entusiasmo por nuestra noticia de embarazo nos hizo sentir muy bien. Al comienzo me sentí un poco rara porque cuando la doctora preguntó 'y bien, por qué me has venido a ver' tenía que decirle que era porque estaba embarazada y era la primera vez que decía esas palabras frente a un extraño... ella respondió con una sonrisa y con un cantarín 'lovely!!' y empezó a darnos una serie de recomendaciones sobre qué alimentos evitar, qué ejercicios se podía hacer, el estado del individuo en ese momento, etc. Nos dio hasta la fecha probable de nacimiento y nos preguntó en qué hospital queríamos que naciera... ahí quedamos plop, porque esperábamos que ella iba primero a cerciorarse de que efectivamente estaba embarazada y después vendría todo lo demás. En fin, decidimos que sería el Royal Prince Alfred Hospital, cerca de Newtown, hospital que ya conocíamos porque habíamos ido una vez de emergencia por un problema de Funes el memorioso y nos había parecido ciertamente la raja.
La doctora nos dijo que debíamos ir al hospital a pedir hora directamente y comenzar la atención allá, así que un par de días después partimos al servicio de natalidad. Qué les puedo decir, las instalaciones del hospital son de primer mundo, el hospital público más piruja acá es como una clínica a todo cachete en Chile. Y por supuesto, para los ciudadanos australianos, todo es gratis. La cosa es que fuimos y tuvimos el primer tropezón, porque como en ese tiempo estábamos viviendo ya aquí donde Andrés (o sea, lejísimos del hospital) debíamos pedir hora al hospital de nuestro sector, lo que era ilógico para nosotros porque pronto nos cambiaríamos de vuelta a la ciudad. En fin, la señora del servicio era muy inglesa para sus cosas y no nos quiso dar hora, así que nos conformamos con pedir una hora acá en Fairfield y luego pedir traslado.
Nos acercábamos a la semana 12 y yo tenía mi primera hora en el hospital para la semana 18, y sabía ya que no me haría una ecografía en la primera cita. Estábamos ansiosos por ver al crecencio con nuestro propios ojos, así que fuimos de nuevo al doctor en la universidad para pedir una orden de ecografía. No estaba la doctora Lovely, pero nos atendió otro doctor que rápidamente nos dio la orden y nos dijo que no fuéramos pavos y que dijeramos en el hospital de Newtown que ya vivíamos ahí, porque era un atado estar cambiándose después. Así que le hicimos caso no más. Ese mismo día llamé al centro de ecografías y me dijeron que debía ir en el momento a hacerme un examen de sangre y que al día siguiente debía volver para la eco. Partimos entonces a hacernos el examen, cada vez más emocionados porque íbamos a ver a nuestro bebé por primera vez!!!
Al día siguiente nos levantamos temprano pero por cosas del destino (en realidad, porque nos gusta la adrenalina) salimos de la casa con el tiempito un poco justito. Yo había tomado desayuno temprano y terminé de comprobar que tengo que comer cada tres horas como máximo, porque si no me viene una chiripiorca de mareo y hambre que se traduce rápidamente en vómito. Y claro, me empezó a dar hambre en mitad de camino, íbamos medio atrasados, así que le dije a mi Funes que seguiera conduciendo no más, mientras yo vomitaba en una bolsita plástica sentada en el asiento del copiloto. Recordé con ternura todos esos viajes largos en micro de mi infancia cuando me empezaba a poner verde, amarilla, azul, y o terminaba vomitanto en la micrito (con las caras de alegría del resto de los pasajeros) o debíamos bajarnos, fuera donde fuese, a poder liberarme del malestar en la calle. La cosa es que luego de vomitar me sentí como tuna y pronto llegamos a destino.
En menos de dos minutos nos hicieron entrar a la salita, que estaba a media luz y tenía una pantalla plana gigante en el techo donde se podía ver la ecografía en todo su esplendor. La señorita me puso el líquido ese en la guatita y empezó a mirar... de pronto, ahí estaba!!!!! Un piriguín pequeñito, casi irreconocible, pero que con la magia de la tecnología pudimos ver en todo su esplendor. Jean se mandó un emocionado 'conchesumadre' y yo me reía de alegría y de nervios de ver a nuestro hijo o hija en la pantalla. Ya estaba completito, con su cabeza, sus brazos, sus piernas, sus deditos, todo. Hasta le vimos el cerebro, que era como una mariposa, los riñones, el estómago, el corazón, la espina dorsal, las costillitas (los órganos internos en realidad ni los caché, pero la señorita los iba marcando en la pantalla... cómo lo harán para reconocer entre tanta mancha, digo yo?)
Ahí vino la parte entretenida porque la señorita (no sé de qué otra manera decirle, técnica de imágenes?) quería que se diera vuelta, pero yo no entendía muy bien a qué se refería, porque yo veía que se estaba dando hartas vueltas (como que me tupí con la emoción y no cachaba el inglés que me hablaba). Después de tratar un rato y de apretarme la guatita llena de agua (ya estaba que me hacía pipí) me mandó a caminar para ver si lograba darse vuelta el bebé. Salimos a la calle con las piernas tembleques y todavía emocionadísimos. De vuelta vimos una mariposa volando entre los arbustos y mi amado Funes me dijo 'mira, así es el cerebro de mi bebé'.
Nos atendió otra señora, más mayor y claramente con más experiencia. Ahí recién entendí lo que estaban buscando: querían verla/o de perfil para ver el hueso nasal. Algo dijo de detección de síndrome de Down, pero de nuevo no le entendí mucho (en realidad no la pesqué). En un momento el bebé se dio vuelta y le alcanzó a sacar la foto de perfil, pero no quedó muy conforme. Se dio por vencida luego y dijo que nos vería la doctora para explicarnos los resultados. La doctora parece que tampoco quedó conforme porque me hizo entrar por tercera vez a la sala de ecografía y se puso a mirar ella. Me aplastaban y me aplastaban la guata y yo ya estaba un poco aburrida de tanto manoseo, así que menos mal que también se rindió pronto. El bebé no quiso y no quiso no más ponerse de perfil.
Luego de eso nos hizo pasar a su oficina y nos explicó todo lo que habíamos visto y el porqué de tanto leseo con la nariz. Una de las primeras cosas que pueden detectar durante el embarazo es la probabilidad de síndrome de Down en el bebé, lo que hacen cruzando tres datos: el examen de sangre, los antecedentes de los padres y la aparición del hueso nasal en el feto. Con eso te da un un número, que en nuestro caso resultó ser uno en ocho mil o algo así. O sea, casi nada (considerando que la probabilidad promedio de las mujeres en el estado de New South Wales es de uno en 700). No entendíamos muy bien por qué tanto alboroto por esto, en realidad no lo habíamos pensando y nos estaban asustando un poco. La doctora se dio cuenta y nos dijo, con toda su flema inglesa, 'por favor, no pongan esa cara, está todo bien, esto es parte del procedimiento normal'. Dato freak, cuando le dijimos que éramos de Chile nos respondió 'ay, lo siento, pero lo primero que pienso cuando me dicen Chile es Pinochet'. CUEK!
Y bueno, esto de la detección del síndrome de Down se sumó a otras cosas que nos había dicho antes la doctora Lovely. Ella nos explicó que uno podía hacerse un examen para detectar problemas congénitos y en caso de salir algo positivo podíamos escoger interrumpir el embarazo (acá el aborto terapéutico es legal). Nos preguntó si habíamos pensado qué haríamos en caso de que el bebé tuviera algún problema y honestamente no lo habíamos pensado, pero respondí con lo primero que me salió del alma y le dije que lo tendríamos igual, que era nuestro hijo.
Cuando salimos de esta primera cita nos juntamos con la Bea y le comentamos lo que nos habían dicho. Estuvimos discutiendo el tema y llegamos a la conclusión de que en realidad quizás uno tiene una idea muy diferente de la paternidad por una cosa cultural. En Chile las mamás tienen y aman a sus hijos a pesar de todo, de la pobreza, de la dificultad, de los problemas, de la enfermedad, de todo. Tu hijo es tu hijo, es tu carne, cómo vas a detener su vida? Y no hablo desde una perspectiva religiosa ni nada, es solo que me espantó un poco ver que acá si te sale 'fallado' lo puedes devolver, como si fuera una tele o otro electrodoméstico. Yo personalmente no estoy en contra del aborto, creo que nadie puede decidir por otro en un tema tan complejo. Pero lo que sí me choca es que lo presenten como la única solución a un problema. Como si acaso alguien pudiera darte la certeza ciega de que si no tiene problemas genéticos entonces estará todo perfecto por el resto de tu vida...
Y claro, ahí nos pusimos a pensar con mi amado Funes (y luego, en otras conversaciones con la Bea) que no existe garantía de perfección. Pueden decirte que está todo bien y todo puede cambiar en un segundo, con cualquier cosa. Y pensamos que de toda la gente que conocemos, no hay nadie que no tenga una pifia, un defecto de nacimiento, una tara. Solo pensando en mi familia, yo nací bien pero me dio ictericia; mi hermana Nancy nació bien y hermosa, con sus ojos verdes (la envidia me corroe, jijiji) pero a los meses tuvo un accidente, se pegó en la cabeza y estuvo al borde de la muerte. Eso la dejó como es hoy día... jajajaja, nooo, cuando chica tenía problemas motores y si le tiraba una pelota no la podía agarrar en el aire. Además se caía cada tres pasos y aterrizaba con la frente, razón por la cual el tata la apodó Cototi (porque andaba siempre con cototos). El Nica, mi hermano, nació con cara de mono (eso dijo mi tata cuando lo vio) y cuando empezó a gatear lo hacía para atrás, no podía hacia adelante. Después le diagnosticaron 'problemas de lenguaje' y sufrió el trauma de la escuela especial. Mi hermana pequeña, Anita, tiene una nariz pequeñita (eso no es una falla, es herencia de mi mamá!) y tiene además un lóbulo extra en uno de sus riñones. Dejo de lado el accidente que tuvo el año pasado. Mis primos Keko y Lucas, para qué decir, tenían un imán que les conectaba la cabeza con el suelo y la tía Pato se hizo cliente frecuente de la clínica, porque se daban con todo los pobres. Y así, tooodo el mundo tiene su falla.
Y entonces nos preguntábamos: por qué querríamos abortar y con eso eliminar todas las posibilidades de otro ser humano hermoso, valioso, en este mundo? O sea, si es por fallas, bastaría pensar en todas las fallas que uno mismo tiene solamente por ser humano, las taras que te heredan los padres, los malos humores, los traumas infantiles, los complejos, los miedos, etc etc etc. Con todo esto quiero decir que no existe ni existirá nunca garantía de nada cuando se trata de la vida. No puede haberla, porque la vida es en sí misma un peligro extremo que vale la pena vivir.
Así que nada, este viernes tenemos una segunda ecografía para que los doctores puedan ver el famoso hueso nasal y se sientan más tranquilos con sus certezas científicas. Nosotros, por nuestra parte, vamos a ver de nuevo a nuestro retoño, ver cómo ha crecido, escuchar su corazón, verlo moverse. La nariz nos importa poco... o sea, mientras tenga el perfil de mi mamá, todo perfecto!
*Gracias a Sonia por la genial idea de las fotitos musicales y gracias a Lennon por el tema 'Beautiful boy'
