y que todas las lunas sean lunas de miel!
(J. Sabina)
El domingo pasado celebramos con mi amado Funes nuestro primer aniversario de matrimonio... qué veloz corre el tiempo por estos lados! Todo se ha movido tan intensamente este año que las cosas se han sobrepuesto unas a otras. Recién nos estamos acomodando a la vida lejos del terreno propio y ya se nos viene un integrante nuevo para removernos el suelo otra vez... en todo caso, no me quejo, porque así la vida es mucho más interesante!!
Y como hemos estado todo el verano encallados en Sydney a cargo de la casa de mi primo Andrés y de su par de perritos gritones, decidimos pegarnos una escapada romántica a las Blue Mountains, un mega parque nacional a una hora de Sydney. De mountains en realidad tienen bien poco (cuando le conté a mi papá me dijo que no nos pusieramos a escalar la montaña, pensando que íbamos a algo como la cordillera de los Andes), de hecho creo que no alcanza a superar los 500 metros sobre el nivel del mar, al menos en el lugar donde estábamos nosotros. Es más, más que montañas, es como una enorme planicie llena de bosques que se fracturó en muchos puntos formando unos valles profundos en donde prolifera la materia vegetal en sus formas más magníficas...
En fin, nos fuimos al famoso lugar dejando a cargo de la casa a nuestras amiguis Bea e Ivania, que amablemente accedieron a cuidar a los perris. Reservamos en un hostal en un pueblo bien adentro del parque, Blackheath, así que en el camino alcanzamos a pasar por los dos pueblos más grandes, Leura y Katoomba, que es el epicentro del movimiento turístico de las Blue Mountains. Ahí nos bajamos emocionadísimos a ver el paisaje y quedamos con la boca abierta... pasada la impresión inicial procedimos a sacarnos las fotos de rigor, sin saber que al día siguiente nos esperaría ahí mismo una nube gigante que no nos dejaría vernos ni las narices... (uuhh, eso me salió como Carlos Pinto)
Viendo que ya era tarde para iniciar una caminata de bajada, decidimos ir a almorzar algo por ahí, y ese por ahí fue un café chiquitito pero muy monono (cáchense el término) que vendía miles de tés de todos los tipos. Ahí probamos uno que se llamaba algo así como frutos del bosque, con un saborcito a berrys exquisito. De ahí nos fuimos al hostal y luego de dejar las cosas agarramos la mochila y nos fuimos caminando a la entrada del parque en Blackheath, que quedaba a un kilómetro y medio del hostal. Ahí hicimos la caminata más cortita, porque no queríamos que nos pillara la noche en medio del bosque... considerando el número de bichos raros y venenosos que hay por aquí, no sería ni una gracia quedarse en lo oscurito en los matorrales...
De nuevo, la vista desde los miradores era increíble. Luego del primer recorrido a prueba de ancianitos (y adaptado para sillas de ruedas) hicimos una bajada hasta una pequeña caida de agua que por efecto del viento que sube del valle no alcanza a caer completamente y sube en forma de lluvia que riega toda una ladera, donde obviamente crece todo tipo de vegetal sin problema alguno. Ahí nos sentamos de nuevo a disfrutar del paisaje, del silencio, de la soledad, hasta que apareció un grupo de australianos cincuentones, muy simpáticos, que nos vieron con la cámara y se ofrecieron a sacarnos una foto, para después interrogarnos acerca de nuestra vida, de manera muy amable, obviamente. Hasta nos ofrecieron llevarnos de vuelta en auto al hostal, pero les dijimos que no, muchas gracias pero no (porque a mí mi mamita me enseñó a no subirme a autos de desconocidos). Cuando ya el sol se empezó a caer detrás del monte emprendimos la vuelta, subiendo todos los peldaños que habíamos bajado y que sin exagerar equivaldrían a unos 15 pisos de un edificio... o quizás más. La cosa es que yo llegué arriba con la lengua afuera pero contenta de haber visto tanta belleza junta.
De vuelta al hostal traíamos un apetito voraz, así que nos bañamos y salimos a buscar algún lugarcillo para comer. Como en Sydney, a las cinco de la tarde todos los cafés estaban cerrados pero tuvimos la suerte de encontrar un pequeño restorán de comida italiana que tenía unos platos la muerte. Hasta tiramisú comimos, todo muy rico. Así que el día terminó con broche de oro y no era ni siquiera nuestro aniversario todavía!!
Al día siguiente nos levantamos temprano para alcanzar a tomar el desayuno que ofrecía el hostal, que era una bomba de comida. Comimos un poquito mucho, porque después nos dolía la guatita, pero lo bueno fue que no nos dio hambre hasta bien entrada la tarde. El día estaba nublado, aunque en realidad era que nosotros estábamos en medio de una nube... podíamos ver pasar el agua condensada frente a nuestras narices. Habíamos planeado bajar a Katoomba y hacer las caminatas por el valle hasta abajo, pero cuando llegamos allá no se veía nada de nada (pueden comprobarlo en las fotos que subimos a facebook). Así que obligados a cambiar de planes, pensando que el mega desayuno que nos habíamos tomado nos impedía ir a comer algo rico por ahí, que era el único plan B que se nos ocurría... finalmente luego de dar muchas vueltas por Katoomba y por Leura, el pueblo aledaño, almorzamos y nos fuimos al hostal a dormir una siestecita, ya que no se podía hacer nada más.
Después del tutito nos preparamos para salir a cenar y celebrar nuestro aniversario a un restorán indio cerca del hostal. La comida estaba rica, por la ventana podíamos ver la nube que nos acompañó todo el día, el lugar era agradable... pero las meseras tenían una cara de culo que no se la podían y no las hacía reír ni el circo de los Tachuela. Mi amado Funes, con su eterno afán amistoso, quiso entablar una conversación de cortesía con una de las señoras que atendían y la doña casi le tiró fuego por los ojos. Pero eso no fue suficiente para empañar nuestra agradable velada, que terminamos en el hostal yo con una cervecita y mi Funes con un coctail de ron, viendo el partido de Gonzalez y copuchando a un grupo de señoras que andaban arriba de la pelota y a una de las cuales se le había perdido el marido (y el señor estaba durmiendo en su pieza hace rato).
El lunes de nuevo nos levantamos temprano y tomamos el mega desayuno tempranito para volver a la ciudad. Pero el sol reluciente que salió nos motivó para intentar de nuevo la caminata en Katoomba, y esta vez si funcionó! El camino era impresionante, comenzaba suavecito en medio de árboles y arbustos y seguía en lo profundo entre unas murallas de roca gigantes y una selva lluviosa en la que casi no entraba el sol y donde se sentía la humedad en el cuerpo. La bajada duró dos horas, el camino estaba lleno de indicaciones y de escalones en las partes más difíciles, así que no tenía gran dificultad, salvo algunso trechos muy inclinados. Lo difícil era subir todo a pie, pero vimos un par de maestros iban cuesta arriba cual si fueran montados en una escalera mecánica.
Llegamos al fondo del valle y vimos las antiguas instalaciones de una mina de carbón que funcionó ahí hasta la segunda guerra mundial. El recorrido era en un camino de madera por sobre el suelo del valle, para que no se maltratara con las caminatas de turistas. Había incluso pequeños refugios en caso de que llegara la lluvia de improviso, como suele pasar en estos lados. Terminado el recorrido nos subimos al cableway, una especie de teleférico más grande y más seguro, pero sin la adrenalida del teleférico del San Cristóbal, que nos llevó en dos minutos a la cima... DOS MINUTOS!!! Las cosas que hace la tecnología...
En fin, fin de semana de amor, de romance, de naturaleza, de caminata, de recorridos, de comida rica... la mejor celebración para un primer año de matrimonio! Nos quedamos con la promesa de volver a las montañas a ver todo lo que nos falta y, por qué no, ponerle empeño para cumplir el sueño del auto propio y salir a dar vueltas por este inmenso paisaje.
Y claro, muy muy felices, felices felices, por este año que termina y por el otro que comienza con retoño incluido! Por lo menos por acá, la luna de miel no piensa en ponerse aún...
Y como hemos estado todo el verano encallados en Sydney a cargo de la casa de mi primo Andrés y de su par de perritos gritones, decidimos pegarnos una escapada romántica a las Blue Mountains, un mega parque nacional a una hora de Sydney. De mountains en realidad tienen bien poco (cuando le conté a mi papá me dijo que no nos pusieramos a escalar la montaña, pensando que íbamos a algo como la cordillera de los Andes), de hecho creo que no alcanza a superar los 500 metros sobre el nivel del mar, al menos en el lugar donde estábamos nosotros. Es más, más que montañas, es como una enorme planicie llena de bosques que se fracturó en muchos puntos formando unos valles profundos en donde prolifera la materia vegetal en sus formas más magníficas...
En fin, nos fuimos al famoso lugar dejando a cargo de la casa a nuestras amiguis Bea e Ivania, que amablemente accedieron a cuidar a los perris. Reservamos en un hostal en un pueblo bien adentro del parque, Blackheath, así que en el camino alcanzamos a pasar por los dos pueblos más grandes, Leura y Katoomba, que es el epicentro del movimiento turístico de las Blue Mountains. Ahí nos bajamos emocionadísimos a ver el paisaje y quedamos con la boca abierta... pasada la impresión inicial procedimos a sacarnos las fotos de rigor, sin saber que al día siguiente nos esperaría ahí mismo una nube gigante que no nos dejaría vernos ni las narices... (uuhh, eso me salió como Carlos Pinto)
Viendo que ya era tarde para iniciar una caminata de bajada, decidimos ir a almorzar algo por ahí, y ese por ahí fue un café chiquitito pero muy monono (cáchense el término) que vendía miles de tés de todos los tipos. Ahí probamos uno que se llamaba algo así como frutos del bosque, con un saborcito a berrys exquisito. De ahí nos fuimos al hostal y luego de dejar las cosas agarramos la mochila y nos fuimos caminando a la entrada del parque en Blackheath, que quedaba a un kilómetro y medio del hostal. Ahí hicimos la caminata más cortita, porque no queríamos que nos pillara la noche en medio del bosque... considerando el número de bichos raros y venenosos que hay por aquí, no sería ni una gracia quedarse en lo oscurito en los matorrales...
De nuevo, la vista desde los miradores era increíble. Luego del primer recorrido a prueba de ancianitos (y adaptado para sillas de ruedas) hicimos una bajada hasta una pequeña caida de agua que por efecto del viento que sube del valle no alcanza a caer completamente y sube en forma de lluvia que riega toda una ladera, donde obviamente crece todo tipo de vegetal sin problema alguno. Ahí nos sentamos de nuevo a disfrutar del paisaje, del silencio, de la soledad, hasta que apareció un grupo de australianos cincuentones, muy simpáticos, que nos vieron con la cámara y se ofrecieron a sacarnos una foto, para después interrogarnos acerca de nuestra vida, de manera muy amable, obviamente. Hasta nos ofrecieron llevarnos de vuelta en auto al hostal, pero les dijimos que no, muchas gracias pero no (porque a mí mi mamita me enseñó a no subirme a autos de desconocidos). Cuando ya el sol se empezó a caer detrás del monte emprendimos la vuelta, subiendo todos los peldaños que habíamos bajado y que sin exagerar equivaldrían a unos 15 pisos de un edificio... o quizás más. La cosa es que yo llegué arriba con la lengua afuera pero contenta de haber visto tanta belleza junta.
De vuelta al hostal traíamos un apetito voraz, así que nos bañamos y salimos a buscar algún lugarcillo para comer. Como en Sydney, a las cinco de la tarde todos los cafés estaban cerrados pero tuvimos la suerte de encontrar un pequeño restorán de comida italiana que tenía unos platos la muerte. Hasta tiramisú comimos, todo muy rico. Así que el día terminó con broche de oro y no era ni siquiera nuestro aniversario todavía!!
Al día siguiente nos levantamos temprano para alcanzar a tomar el desayuno que ofrecía el hostal, que era una bomba de comida. Comimos un poquito mucho, porque después nos dolía la guatita, pero lo bueno fue que no nos dio hambre hasta bien entrada la tarde. El día estaba nublado, aunque en realidad era que nosotros estábamos en medio de una nube... podíamos ver pasar el agua condensada frente a nuestras narices. Habíamos planeado bajar a Katoomba y hacer las caminatas por el valle hasta abajo, pero cuando llegamos allá no se veía nada de nada (pueden comprobarlo en las fotos que subimos a facebook). Así que obligados a cambiar de planes, pensando que el mega desayuno que nos habíamos tomado nos impedía ir a comer algo rico por ahí, que era el único plan B que se nos ocurría... finalmente luego de dar muchas vueltas por Katoomba y por Leura, el pueblo aledaño, almorzamos y nos fuimos al hostal a dormir una siestecita, ya que no se podía hacer nada más.
Después del tutito nos preparamos para salir a cenar y celebrar nuestro aniversario a un restorán indio cerca del hostal. La comida estaba rica, por la ventana podíamos ver la nube que nos acompañó todo el día, el lugar era agradable... pero las meseras tenían una cara de culo que no se la podían y no las hacía reír ni el circo de los Tachuela. Mi amado Funes, con su eterno afán amistoso, quiso entablar una conversación de cortesía con una de las señoras que atendían y la doña casi le tiró fuego por los ojos. Pero eso no fue suficiente para empañar nuestra agradable velada, que terminamos en el hostal yo con una cervecita y mi Funes con un coctail de ron, viendo el partido de Gonzalez y copuchando a un grupo de señoras que andaban arriba de la pelota y a una de las cuales se le había perdido el marido (y el señor estaba durmiendo en su pieza hace rato).
El lunes de nuevo nos levantamos temprano y tomamos el mega desayuno tempranito para volver a la ciudad. Pero el sol reluciente que salió nos motivó para intentar de nuevo la caminata en Katoomba, y esta vez si funcionó! El camino era impresionante, comenzaba suavecito en medio de árboles y arbustos y seguía en lo profundo entre unas murallas de roca gigantes y una selva lluviosa en la que casi no entraba el sol y donde se sentía la humedad en el cuerpo. La bajada duró dos horas, el camino estaba lleno de indicaciones y de escalones en las partes más difíciles, así que no tenía gran dificultad, salvo algunso trechos muy inclinados. Lo difícil era subir todo a pie, pero vimos un par de maestros iban cuesta arriba cual si fueran montados en una escalera mecánica.
Llegamos al fondo del valle y vimos las antiguas instalaciones de una mina de carbón que funcionó ahí hasta la segunda guerra mundial. El recorrido era en un camino de madera por sobre el suelo del valle, para que no se maltratara con las caminatas de turistas. Había incluso pequeños refugios en caso de que llegara la lluvia de improviso, como suele pasar en estos lados. Terminado el recorrido nos subimos al cableway, una especie de teleférico más grande y más seguro, pero sin la adrenalida del teleférico del San Cristóbal, que nos llevó en dos minutos a la cima... DOS MINUTOS!!! Las cosas que hace la tecnología...
En fin, fin de semana de amor, de romance, de naturaleza, de caminata, de recorridos, de comida rica... la mejor celebración para un primer año de matrimonio! Nos quedamos con la promesa de volver a las montañas a ver todo lo que nos falta y, por qué no, ponerle empeño para cumplir el sueño del auto propio y salir a dar vueltas por este inmenso paisaje.
Y claro, muy muy felices, felices felices, por este año que termina y por el otro que comienza con retoño incluido! Por lo menos por acá, la luna de miel no piensa en ponerse aún...
Muchas muchas muchas felicidades!!! Esa frase de Sabina es una de mis favoritas, me alegra mucho que hayan tenido un lindísimo aniversario, lleno de amor :))))
ResponderEliminarDebo decir que mi parte favorita de este post son todos los paréntesis. Lejos lo más entretenido, como que son dos voces :P Muy bien además que notes el acceso para personas con discapacidad (muy bien que esté también...).
En fin, un abrazo grande desde la distancia!
Mil felicidades, Hermananana y Cuñado... Me alegro mucho que hayan podido celebrar su primer año de marido y marida como corresponde...
ResponderEliminarEl paisaje, espectacular!
Besiitos!