miércoles, 27 de enero de 2010

Primera ecografía

Hace ya tres semanas que tuvimos nuestra primera ecografía y no había escrito nada sobre eso. El silencio se debía básicamente a que todavía no hacíamos oficial y de conocimiento público nuestro embarazo, aunque ya muchos lo sabían. Ahora que estamos a un día de una segunda ecografía (lo que nos tiene muy emocionados), quisiera contarles cómo fue esa primera experiencia y las cosas raras que le dicen a uno por estos lados...

Nuestro primer acercamiento con un doctor fue en el servicio de salud de la universidad, donde nos atendió una doctora a la que apodamos Lovely, porque para ella todo era lovely. Tenía una voz cantarina muy divertida y su entusiasmo por nuestra noticia de embarazo nos hizo sentir muy bien. Al comienzo me sentí un poco rara porque cuando la doctora preguntó 'y bien, por qué me has venido a ver' tenía que decirle que era porque estaba embarazada y era la primera vez que decía esas palabras frente a un extraño... ella respondió con una sonrisa y con un cantarín 'lovely!!' y empezó a darnos una serie de recomendaciones sobre qué alimentos evitar, qué ejercicios se podía hacer, el estado del individuo en ese momento, etc. Nos dio hasta la fecha probable de nacimiento y nos preguntó en qué hospital queríamos que naciera... ahí quedamos plop, porque esperábamos que ella iba primero a cerciorarse de que efectivamente estaba embarazada y después vendría todo lo demás. En fin, decidimos que sería el Royal Prince Alfred Hospital, cerca de Newtown, hospital que ya conocíamos porque habíamos ido una vez de emergencia por un problema de Funes el memorioso y nos había parecido ciertamente la raja.

La doctora nos dijo que debíamos ir al hospital a pedir hora directamente y comenzar la atención allá, así que un par de días después partimos al servicio de natalidad. Qué les puedo decir, las instalaciones del hospital son de primer mundo, el hospital público más piruja acá es como una clínica a todo cachete en Chile. Y por supuesto, para los ciudadanos australianos, todo es gratis. La cosa es que fuimos y tuvimos el primer tropezón, porque como en ese tiempo estábamos viviendo ya aquí donde Andrés (o sea, lejísimos del hospital) debíamos pedir hora al hospital de nuestro sector, lo que era ilógico para nosotros porque pronto nos cambiaríamos de vuelta a la ciudad. En fin, la señora del servicio era muy inglesa para sus cosas y no nos quiso dar hora, así que nos conformamos con pedir una hora acá en Fairfield y luego pedir traslado.

Nos acercábamos a la semana 12 y yo tenía mi primera hora en el hospital para la semana 18, y sabía ya que no me haría una ecografía en la primera cita. Estábamos ansiosos por ver al crecencio con nuestro propios ojos, así que fuimos de nuevo al doctor en la universidad para pedir una orden de ecografía. No estaba la doctora Lovely, pero nos atendió otro doctor que rápidamente nos dio la orden y nos dijo que no fuéramos pavos y que dijeramos en el hospital de Newtown que ya vivíamos ahí, porque era un atado estar cambiándose después. Así que le hicimos caso no más. Ese mismo día llamé al centro de ecografías y me dijeron que debía ir en el momento a hacerme un examen de sangre y que al día siguiente debía volver para la eco. Partimos entonces a hacernos el examen, cada vez más emocionados porque íbamos a ver a nuestro bebé por primera vez!!!

Al día siguiente nos levantamos temprano pero por cosas del destino (en realidad, porque nos gusta la adrenalina) salimos de la casa con el tiempito un poco justito. Yo había tomado desayuno temprano y terminé de comprobar que tengo que comer cada tres horas como máximo, porque si no me viene una chiripiorca de mareo y hambre que se traduce rápidamente en vómito. Y claro, me empezó a dar hambre en mitad de camino, íbamos medio atrasados, así que le dije a mi Funes que seguiera conduciendo no más, mientras yo vomitaba en una bolsita plástica sentada en el asiento del copiloto. Recordé con ternura todos esos viajes largos en micro de mi infancia cuando me empezaba a poner verde, amarilla, azul, y o terminaba vomitanto en la micrito (con las caras de alegría del resto de los pasajeros) o debíamos bajarnos, fuera donde fuese, a poder liberarme del malestar en la calle. La cosa es que luego de vomitar me sentí como tuna y pronto llegamos a destino.

En menos de dos minutos nos hicieron entrar a la salita, que estaba a media luz y tenía una pantalla plana gigante en el techo donde se podía ver la ecografía en todo su esplendor. La señorita me puso el líquido ese en la guatita y empezó a mirar... de pronto, ahí estaba!!!!! Un piriguín pequeñito, casi irreconocible, pero que con la magia de la tecnología pudimos ver en todo su esplendor. Jean se mandó un emocionado 'conchesumadre' y yo me reía de alegría y de nervios de ver a nuestro hijo o hija en la pantalla. Ya estaba completito, con su cabeza, sus brazos, sus piernas, sus deditos, todo. Hasta le vimos el cerebro, que era como una mariposa, los riñones, el estómago, el corazón, la espina dorsal, las costillitas (los órganos internos en realidad ni los caché, pero la señorita los iba marcando en la pantalla... cómo lo harán para reconocer entre tanta mancha, digo yo?)

Ahí vino la parte entretenida porque la señorita (no sé de qué otra manera decirle, técnica de imágenes?) quería que se diera vuelta, pero yo no entendía muy bien a qué se refería, porque yo veía que se estaba dando hartas vueltas (como que me tupí con la emoción y no cachaba el inglés que me hablaba). Después de tratar un rato y de apretarme la guatita llena de agua (ya estaba que me hacía pipí) me mandó a caminar para ver si lograba darse vuelta el bebé. Salimos a la calle con las piernas tembleques y todavía emocionadísimos. De vuelta vimos una mariposa volando entre los arbustos y mi amado Funes me dijo 'mira, así es el cerebro de mi bebé'.

Nos atendió otra señora, más mayor y claramente con más experiencia. Ahí recién entendí lo que estaban buscando: querían verla/o de perfil para ver el hueso nasal. Algo dijo de detección de síndrome de Down, pero de nuevo no le entendí mucho (en realidad no la pesqué). En un momento el bebé se dio vuelta y le alcanzó a sacar la foto de perfil, pero no quedó muy conforme. Se dio por vencida luego y dijo que nos vería la doctora para explicarnos los resultados. La doctora parece que tampoco quedó conforme porque me hizo entrar por tercera vez a la sala de ecografía y se puso a mirar ella. Me aplastaban y me aplastaban la guata y yo ya estaba un poco aburrida de tanto manoseo, así que menos mal que también se rindió pronto. El bebé no quiso y no quiso no más ponerse de perfil.

Luego de eso nos hizo pasar a su oficina y nos explicó todo lo que habíamos visto y el porqué de tanto leseo con la nariz. Una de las primeras cosas que pueden detectar durante el embarazo es la probabilidad de síndrome de Down en el bebé, lo que hacen cruzando tres datos: el examen de sangre, los antecedentes de los padres y la aparición del hueso nasal en el feto. Con eso te da un un número, que en nuestro caso resultó ser uno en ocho mil o algo así. O sea, casi nada (considerando que la probabilidad promedio de las mujeres en el estado de New South Wales es de uno en 700). No entendíamos muy bien por qué tanto alboroto por esto, en realidad no lo habíamos pensando y nos estaban asustando un poco. La doctora se dio cuenta y nos dijo, con toda su flema inglesa, 'por favor, no pongan esa cara, está todo bien, esto es parte del procedimiento normal'. Dato freak, cuando le dijimos que éramos de Chile nos respondió 'ay, lo siento, pero lo primero que pienso cuando me dicen Chile es Pinochet'. CUEK!

Y bueno, esto de la detección del síndrome de Down se sumó a otras cosas que nos había dicho antes la doctora Lovely. Ella nos explicó que uno podía hacerse un examen para detectar problemas congénitos y en caso de salir algo positivo podíamos escoger interrumpir el embarazo (acá el aborto terapéutico es legal). Nos preguntó si habíamos pensado qué haríamos en caso de que el bebé tuviera algún problema y honestamente no lo habíamos pensado, pero respondí con lo primero que me salió del alma y le dije que lo tendríamos igual, que era nuestro hijo.

Cuando salimos de esta primera cita nos juntamos con la Bea y le comentamos lo que nos habían dicho. Estuvimos discutiendo el tema y llegamos a la conclusión de que en realidad quizás uno tiene una idea muy diferente de la paternidad por una cosa cultural. En Chile las mamás tienen y aman a sus hijos a pesar de todo, de la pobreza, de la dificultad, de los problemas, de la enfermedad, de todo. Tu hijo es tu hijo, es tu carne, cómo vas a detener su vida? Y no hablo desde una perspectiva religiosa ni nada, es solo que me espantó un poco ver que acá si te sale 'fallado' lo puedes devolver, como si fuera una tele o otro electrodoméstico. Yo personalmente no estoy en contra del aborto, creo que nadie puede decidir por otro en un tema tan complejo. Pero lo que sí me choca es que lo presenten como la única solución a un problema. Como si acaso alguien pudiera darte la certeza ciega de que si no tiene problemas genéticos entonces estará todo perfecto por el resto de tu vida...

Y claro, ahí nos pusimos a pensar con mi amado Funes (y luego, en otras conversaciones con la Bea) que no existe garantía de perfección. Pueden decirte que está todo bien y todo puede cambiar en un segundo, con cualquier cosa. Y pensamos que de toda la gente que conocemos, no hay nadie que no tenga una pifia, un defecto de nacimiento, una tara. Solo pensando en mi familia, yo nací bien pero me dio ictericia; mi hermana Nancy nació bien y hermosa, con sus ojos verdes (la envidia me corroe, jijiji) pero a los meses tuvo un accidente, se pegó en la cabeza y estuvo al borde de la muerte. Eso la dejó como es hoy día... jajajaja, nooo, cuando chica tenía problemas motores y si le tiraba una pelota no la podía agarrar en el aire. Además se caía cada tres pasos y aterrizaba con la frente, razón por la cual el tata la apodó Cototi (porque andaba siempre con cototos). El Nica, mi hermano, nació con cara de mono (eso dijo mi tata cuando lo vio) y cuando empezó a gatear lo hacía para atrás, no podía hacia adelante. Después le diagnosticaron 'problemas de lenguaje' y sufrió el trauma de la escuela especial. Mi hermana pequeña, Anita, tiene una nariz pequeñita (eso no es una falla, es herencia de mi mamá!) y tiene además un lóbulo extra en uno de sus riñones. Dejo de lado el accidente que tuvo el año pasado. Mis primos Keko y Lucas, para qué decir, tenían un imán que les conectaba la cabeza con el suelo y la tía Pato se hizo cliente frecuente de la clínica, porque se daban con todo los pobres. Y así, tooodo el mundo tiene su falla.

Y entonces nos preguntábamos: por qué querríamos abortar y con eso eliminar todas las posibilidades de otro ser humano hermoso, valioso, en este mundo? O sea, si es por fallas, bastaría pensar en todas las fallas que uno mismo tiene solamente por ser humano, las taras que te heredan los padres, los malos humores, los traumas infantiles, los complejos, los miedos, etc etc etc. Con todo esto quiero decir que no existe ni existirá nunca garantía de nada cuando se trata de la vida. No puede haberla, porque la vida es en sí misma un peligro extremo que vale la pena vivir.

Así que nada, este viernes tenemos una segunda ecografía para que los doctores puedan ver el famoso hueso nasal y se sientan más tranquilos con sus certezas científicas. Nosotros, por nuestra parte, vamos a ver de nuevo a nuestro retoño, ver cómo ha crecido, escuchar su corazón, verlo moverse. La nariz nos importa poco... o sea, mientras tenga el perfil de mi mamá, todo perfecto!

*Gracias a Sonia por la genial idea de las fotitos musicales y gracias a Lennon por el tema 'Beautiful boy'

Que todas las noches sean noches de boda...


y que todas las lunas sean lunas de miel!
(J. Sabina)

El domingo pasado celebramos con mi amado Funes nuestro primer aniversario de matrimonio... qué veloz corre el tiempo por estos lados! Todo se ha movido tan intensamente este año que las cosas se han sobrepuesto unas a otras. Recién nos estamos acomodando a la vida lejos del terreno propio y ya se nos viene un integrante nuevo para removernos el suelo otra vez... en todo caso, no me quejo, porque así la vida es mucho más interesante!!

Y como hemos estado todo el verano encallados en Sydney a cargo de la casa de mi primo Andrés y de su par de perritos gritones, decidimos pegarnos una escapada romántica a las Blue Mountains, un mega parque nacional a una hora de Sydney. De mountains en realidad tienen bien poco (cuando le conté a mi papá me dijo que no nos pusieramos a escalar la montaña, pensando que íbamos a algo como la cordillera de los Andes), de hecho creo que no alcanza a superar los 500 metros sobre el nivel del mar, al menos en el lugar donde estábamos nosotros. Es más, más que montañas, es como una enorme planicie llena de bosques que se fracturó en muchos puntos formando unos valles profundos en donde prolifera la materia vegetal en sus formas más magníficas...

En fin, nos fuimos al famoso lugar dejando a cargo de la casa a nuestras amiguis Bea e Ivania, que amablemente accedieron a cuidar a los perris. Reservamos en un hostal en un pueblo bien adentro del parque, Blackheath, así que en el camino alcanzamos a pasar por los dos pueblos más grandes, Leura y Katoomba, que es el epicentro del movimiento turístico de las Blue Mountains. Ahí nos bajamos emocionadísimos a ver el paisaje y quedamos con la boca abierta... pasada la impresión inicial procedimos a sacarnos las fotos de rigor, sin saber que al día siguiente nos esperaría ahí mismo una nube gigante que no nos dejaría vernos ni las narices... (uuhh, eso me salió como Carlos Pinto)

Viendo que ya era tarde para iniciar una caminata de bajada, decidimos ir a almorzar algo por ahí, y ese por ahí fue un café chiquitito pero muy monono (cáchense el término) que vendía miles de tés de todos los tipos. Ahí probamos uno que se llamaba algo así como frutos del bosque, con un saborcito a berrys exquisito. De ahí nos fuimos al hostal y luego de dejar las cosas agarramos la mochila y nos fuimos caminando a la entrada del parque en Blackheath, que quedaba a un kilómetro y medio del hostal. Ahí hicimos la caminata más cortita, porque no queríamos que nos pillara la noche en medio del bosque... considerando el número de bichos raros y venenosos que hay por aquí, no sería ni una gracia quedarse en lo oscurito en los matorrales...

De nuevo, la vista desde los miradores era increíble. Luego del primer recorrido a prueba de ancianitos (y adaptado para sillas de ruedas) hicimos una bajada hasta una pequeña caida de agua que por efecto del viento que sube del valle no alcanza a caer completamente y sube en forma de lluvia que riega toda una ladera, donde obviamente crece todo tipo de vegetal sin problema alguno. Ahí nos sentamos de nuevo a disfrutar del paisaje, del silencio, de la soledad, hasta que apareció un grupo de australianos cincuentones, muy simpáticos, que nos vieron con la cámara y se ofrecieron a sacarnos una foto, para después interrogarnos acerca de nuestra vida, de manera muy amable, obviamente. Hasta nos ofrecieron llevarnos de vuelta en auto al hostal, pero les dijimos que no, muchas gracias pero no (porque a mí mi mamita me enseñó a no subirme a autos de desconocidos). Cuando ya el sol se empezó a caer detrás del monte emprendimos la vuelta, subiendo todos los peldaños que habíamos bajado y que sin exagerar equivaldrían a unos 15 pisos de un edificio... o quizás más. La cosa es que yo llegué arriba con la lengua afuera pero contenta de haber visto tanta belleza junta.

De vuelta al hostal traíamos un apetito voraz, así que nos bañamos y salimos a buscar algún lugarcillo para comer. Como en Sydney, a las cinco de la tarde todos los cafés estaban cerrados pero tuvimos la suerte de encontrar un pequeño restorán de comida italiana que tenía unos platos la muerte. Hasta tiramisú comimos, todo muy rico. Así que el día terminó con broche de oro y no era ni siquiera nuestro aniversario todavía!!

Al día siguiente nos levantamos temprano para alcanzar a tomar el desayuno que ofrecía el hostal, que era una bomba de comida. Comimos un poquito mucho, porque después nos dolía la guatita, pero lo bueno fue que no nos dio hambre hasta bien entrada la tarde. El día estaba nublado, aunque en realidad era que nosotros estábamos en medio de una nube... podíamos ver pasar el agua condensada frente a nuestras narices. Habíamos planeado bajar a Katoomba y hacer las caminatas por el valle hasta abajo, pero cuando llegamos allá no se veía nada de nada (pueden comprobarlo en las fotos que subimos a facebook). Así que obligados a cambiar de planes, pensando que el mega desayuno que nos habíamos tomado nos impedía ir a comer algo rico por ahí, que era el único plan B que se nos ocurría... finalmente luego de dar muchas vueltas por Katoomba y por Leura, el pueblo aledaño, almorzamos y nos fuimos al hostal a dormir una siestecita, ya que no se podía hacer nada más.

Después del tutito nos preparamos para salir a cenar y celebrar nuestro aniversario a un restorán indio cerca del hostal. La comida estaba rica, por la ventana podíamos ver la nube que nos acompañó todo el día, el lugar era agradable... pero las meseras tenían una cara de culo que no se la podían y no las hacía reír ni el circo de los Tachuela. Mi amado Funes, con su eterno afán amistoso, quiso entablar una conversación de cortesía con una de las señoras que atendían y la doña casi le tiró fuego por los ojos. Pero eso no fue suficiente para empañar nuestra agradable velada, que terminamos en el hostal yo con una cervecita y mi Funes con un coctail de ron, viendo el partido de Gonzalez y copuchando a un grupo de señoras que andaban arriba de la pelota y a una de las cuales se le había perdido el marido (y el señor estaba durmiendo en su pieza hace rato).

El lunes de nuevo nos levantamos temprano y tomamos el mega desayuno tempranito para volver a la ciudad. Pero el sol reluciente que salió nos motivó para intentar de nuevo la caminata en Katoomba, y esta vez si funcionó! El camino era impresionante, comenzaba suavecito en medio de árboles y arbustos y seguía en lo profundo entre unas murallas de roca gigantes y una selva lluviosa en la que casi no entraba el sol y donde se sentía la humedad en el cuerpo. La bajada duró dos horas, el camino estaba lleno de indicaciones y de escalones en las partes más difíciles, así que no tenía gran dificultad, salvo algunso trechos muy inclinados. Lo difícil era subir todo a pie, pero vimos un par de maestros iban cuesta arriba cual si fueran montados en una escalera mecánica.

Llegamos al fondo del valle y vimos las antiguas instalaciones de una mina de carbón que funcionó ahí hasta la segunda guerra mundial. El recorrido era en un camino de madera por sobre el suelo del valle, para que no se maltratara con las caminatas de turistas. Había incluso pequeños refugios en caso de que llegara la lluvia de improviso, como suele pasar en estos lados. Terminado el recorrido nos subimos al cableway, una especie de teleférico más grande y más seguro, pero sin la adrenalida del teleférico del San Cristóbal, que nos llevó en dos minutos a la cima... DOS MINUTOS!!! Las cosas que hace la tecnología...

En fin, fin de semana de amor, de romance, de naturaleza, de caminata, de recorridos, de comida rica... la mejor celebración para un primer año de matrimonio! Nos quedamos con la promesa de volver a las montañas a ver todo lo que nos falta y, por qué no, ponerle empeño para cumplir el sueño del auto propio y salir a dar vueltas por este inmenso paisaje.

Y claro, muy muy felices, felices felices, por este año que termina y por el otro que comienza con retoño incluido! Por lo menos por acá, la luna de miel no piensa en ponerse aún...

martes, 26 de enero de 2010

Australia Day

Saludos a todos y todas, desde la celebración del día de Australia!!! Así es, hoy, 26 de enero, se conmemora la llegada de los primeros ingleses a la isla, algo que sería como nuestro 12 de octubre. Para este país, tan hijo de sus raíces inglesas, no existe otra celebración, algo así como el día de la independencia, porque nunca se independizaron de la isla del norte. Y nosotros estamos celebrando de rebote, porque obviamente por nuestra propia voluntad hubieramos dedicado este día feriado a recuperarnos de nuestro paseito a las Blue Mountains (cuestión que trataré en otro post). Pero como estamos en casa ajena, nos tocó participar en un asado en esta casa, auspiciado por Alex, el hijo de nuestro primo Andrés.

En nuestra originaria inocencia, pensamos que Alex vendría con un amigo a hacer un pequeño asadito y bañarse en la piscina. Pensamos que no habría alcohol porque acá conducir con alcohol es una falta gravísima en días festivos, y Alex tiene que conducir desde su casa hasta acá y de vuelta... pero NOOOOOOOOOOO!!! O sea, Alex llegó efectivamente con un amigo, pero a los diez minutos nos dimos cuenta de que lo del alcohol era una soberana estupidez (obvio): traía una mochila llena de fuertes de todo tipo, ron, vodka, tequila con gusado y todo, pisco, whisky y otras cosas que no reconocí. Ahí caí en la cuenta que no seríamos solo nosotros...

Al rato empezaron a llegar más y más amigos, casi todos asiáticos, y todos llegaban con algo en las manos. Se tomaron la casa con un solo movimiento y nosotros quedamos como dos perritos guachos acurrucados en una orilla... realmente estábamos intimidados por tanta gente extraña en un lugar que era más o menos nuestro. Pero nos obligamos a superar el terror inicial y salimos a reunirnos con el grupo de extraños, que resultaron ser bastante agradables. Nos ofrecieron comida, bebidas, conversamos, nos reímos... no es que ahora seamos amigos de toda la vida, pero la tarde se hizo más agradable.

Después del almuerzo, que fue un asado estilo aussie, con unas vienesas malísimas, carne, un poco de papas mayo y algo que Alex llama ensalada chilena, pero que es tomate con un kilo de cebolla morada picada en cuadritos, procedimos a retirarnos a nuestros aposentos para tomar la siesta post-almuerzo que mi bebé requiere, mientras mi amado Funes navegaba en internet a mi lado. Al comienzo sentía los gritos y las risas de los visitantes, pero después ya no escuché nada. Luego del sueño reparador bajamos al patio y ahí estaban todos, algunos jugando a la pelota, otros con las patitas en una piscina de plástico, otros viendo en la tele el abierto de Australia. El centro de la reunión era la radio, prendida a todo chancho en una estación que estaba haciendo el recuento de las 100 mejores canciones australianas del 2009. Al parecer, esa es una tradición del grupo de amigos de Alex: juntarse a escuchar el recuento y adivinar, celebrar o llorar el número uno.

A las siete y media llegaron al número uno y acto seguido se fue la mitad de la gente, como corresponde a un país civilizado... quedaron en la casa Alex con su mejor amigo Jackson, un chino que de curado de puso a hablar español, Luke, el conductor designado de Alex y Ming, un amigo vietnamita que era casi como la Elvira de oriente, porque se dedicó a recoger vasos, a lavarlos, a limpiar la cocina, a trapear el piso, a recalentar comido para los curaditos, etc... y para cerrar el carrete, Alex quiso bajarse una botella de tequila para que Ming se comiera el gusanito. Obligado mi amado Funes se tuvo que sentar en la mesa a tomar cortos de tequila, que afortunadamente lo dejaron como tuna porque no había tomado nada durante el día. Pero Alex y Jackson terminaron de morir... así que hubo que esperar a que resucitaran un poco y se los llevaron de vuelta a sus casas.

En resumen, estuvo bastante interesante este primer día de Australia. Los asistentes fueron todos muy amables, tomaron con moderación, todos trajeron algo para comer, dejaron todo limpiecito y se fueron sin que hubiera que echarlos. Irónicamente, en el grupo había solamente un individuo blanco y rubio: el resto éramos asiáticos y latinos. Como dijo uno de los amigos de Alex, Luke, un cuarto filipino-un cuarto inglés- un cuarto x y otro cuarto z, esto es Australia, al final del día.

martes, 12 de enero de 2010

Año nuevo, vida nueva

Ya sé que esto ya es cosa del año pasado, pero no habíamos contado nada de nuestra celebración de año nuevo. Así que ahora va un pequeño recuento de cómo despedimos el 2009 y qué cosas nos esperan el 2010...

Sydney debe ser una de las ciudades del mundo más visitadas durante la celebración de año nuevo. De hecho, unos días antes del 31 de diciembre tuve que ir al centro de la ciudad a hacer algunos trámites y me sorprendió ver tanta gente en las calles, mejor dicho, tantos TURISTAS en las calles. Cómo se distinguen? Pues fácil, andan con sus mochilas en la espalda y sus cámaras ultramodernas colgando del cuello. Raro suena decirlo, pero creo que por primera vez me sentí no-turista, parte cotidiana de la ciudad (a pesar de que ahora vivimos muy lejos). Sentí un poco de ternura y risa al ver a una pareja de franceses medio perdidos que buscaban su destino parados en una de las esquinas más concurridas del centro, mirando un mapa mientras hordas de seres humanos pasaban a su lado. En fin, Sydney en fin de año es, como se dice, un hervidero de gente.

Sin embargo, nosotros estuvimos ajenos a todo ese trajín, porque en los suburbios la vida sigue impasible como siempre. Y como no queríamos pasar el año nuevo en la impasibilidad de todos los días, hicimos planes con nuestra amiga Bea para ir a ver los fuegos artificiales de Sydney Harbour, que son los que muestran TODOS los años en la tele chilena a las 10 de la mañana. La idea era agarrar un lugarcito temprano en un parque aledaño y hacer un picnic chic-estilo-María-Gracia-Subercaseaux, con nuestro vino espumante helado (acá no venden champagne), unos quesitos y las uvas para las 12 de la noche.

Pero, suerte perruna, el 30 empezaron a amenazar con lluvia para el 31. La Bea andaba en las Blue Montains y nosotros no sabíamos muy bien si prepararnos para una tarde mojada en el parque o si comprar cositas para una cena sin agua en casa de la Bea. Finalmente, viendo que el pronóstico no cambiaba, decidimos comprar cositas para cocinar una cena de año nuevo. Y así partimos en el auto por la carretera a la ciudad, escuchando en la radio que todo el perímetro del Sydney Harbour estaba cerrado y que los conductores que estuvieran pensando ir a ver los fuegos tenían que dejar sus autos estacionados a prudente distancia... 'ajá', pensamos, 'la lluvia no intimida a estos sujetos'. En realidad, no era nada intimidante, pero creo que nosotros seguimos en nuestra cabeza con la idea de la lluvia santiaguina, tóxica y que deja después un frío terrible difícil de obviar.

Llegamos donde la Bea y comenzamos a copuchar, a abrir unas cervecitas, a picar unas cositas y a decidir qué haríamos. Y lo que decidimos fue caminar después de la cena al Anzac Bridge, un puente cerca de la casa desde donde podríamos ver los fuegos artificiales. Y eso hicimos, comimos cositas ricas, brindamos, conversamos, nos reímos y a las 11:15 nos paramos de la mesa para enfilar a nuestro destino, dejando a Kerryn, la compañera de casa de Bea, sentada en la mesa lista para ir a dormir...

El paseo fue muy agradable, el barrio donde vive la Bea es precioso, claro que con la oscuridad no se veía mucho (acá las calles tienen el mínimo de iluminación posible). Luego de un rato de bajar las colinitas vimos el puente a lo lejos. No se veía nadie... pero cuando llegamos la cosa era diferente: estaba lleno de gente con sus copitas, algunos con gorritos de celebración, todos esperando el fin de año. El Harbour Bridge, el puente clásico de Sydney, que está frente al Opera House y desde donde lanzan los fuegos, se veía clarísimo. Las nubes seguían ahí, amenazantes, pero sin ladrar. Era difícil saber cuánto tiempo quedaba para las doce... y de pronto, puf, bum, crash, scuach y todos los sonidos de explosivos que se puedan imaginar... feliz año nuevo!!!

Tuve ganas de gritar pero el resto de la gente se quedó como lela mirando los fuegos, sin abrazarse, sin saludarse, sin decir nada. Mi amado Funes, Bea y yo nos miramos como perdidos... qué onda??? y los abrazos??? Hasta dudamos un poco en abrazarnos entre nosotros. En fin, a la mierda la frialdad anglosajona, nos abrazamos, nos deseamos todos los parabienes correspondientes y nos pusimos a comer 12 uvas, una por cada mes del año que venía. Mientras, en el cielo brillaban los colores de los fuegos artificiales. Para ser honesta, y no es de amargada ni inconforme, tampoco son taaan espectaculares. Son fuegos artificiales como cualquiera del mundo. Más me llamó la atención las bandadas de pájaros que salieron volando y arrancando del ruido de explosiones y la cantidad de humo que salió y que llegó a tapar la visión de los fuegos artificiales.

Quince minutos después se acabó todo y algunos se empezaron a abrazar... pero todos, todos, todos, empezaron a caminar para irse a sus casas. En 10 minutos el puente estaba vacío, salvo nosotros tres y una familia de peruanos que seguía conversando. Nos sentamos en la orilla a copuchar, a pelar la fomedad de los australianos, a acordarnos de compañeros de colegio... cuando el viento que se puso a correr nos enfrió la espalda nos paramos y emprendimos el camino de vuelta a la casa. Muchos autos venían del centro la ciudad y otros iban a comenzar la fiesta. Nosotros llegamos a la casa y nos fuimos a dormir, extrañando nuestras celebraciones en el terruño lejano y a nuestras correspondientes tribus.

(no hay fotos de esta noche porque llevé la cámara pero se me quedó la memoria... cuek!)
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Y como dicen, año nuevo, vida nueva, el 2010 partió con varias noticias interesantes. Primero, finalmente logré zafarme de mi profesor supervisor, un inglés indolente y poco pillo. Ahora seré supervisada por Sue Hood, una mujer sequísima y muy buena onda, que da la casualidad es pareja de Jim Martin (un gurú de la lingüística). Mi ex-profe sigue como co-supervisor, de puro porfiado que es, pero ya podré librarme definitivamente de él...

Segundo, gracias a una recomendación de la Bea, conseguí un trabajo como profesora de español en un programa de Estudios Internacionales de la UTS, mi actual alma mater. Esta será una excelente oportunidad para agarrar más experiencia como profe y para ahorrar unos petrodólares, que no le hacen mal a nadie. Por mientras, mi amado Funes no se rinde y sigue buscando un trabajo estable, a pesar de que el viejito judío con el que trabaja los fines de semana parece estar cada días más encantado con él.

Y último, pero no por eso menos importante, nuestro más grande proyecto hasta ahora, nuestro proyecto Bicentenario: un engendro de 3 meses de vida cuyo corazoncito late y late sin parar dentro mío... qué más podemos pedir?