
Escribo esto desde el descanso exquisito de nuestro hogar, después de haber caminado hoy 18 km como parte de la caminata "Seven Bridges Walk", un circuito de 28km que recorría 7 puentes de Sydney Harbour, pasando por diferentes suburbios y sus lugares de interés más llamativos. La caminata estaba diseñada para ser un paseo familiar, uno podía inscribirse por la página web de la organización y señalar qué pedazo de la ruta iba a hacer. Nosotros dijimos "toda". Toda la ruta. Y podríamos haberla hecho completita de no ser por tres cosas: la hora, el clima y el equipo.
Nuestra idea inicial era partir a eso de las 10 y media para tener tiempo para completar todo el circuito antes de las cinco de la tarde, hora en la que se iban a cerrar los puestos de control de la ruta, donde en un 'pasaporte' te timbraban cada pedazo del trayecto. Pero ayer (sábado) fuimos a la playa con la 'familia shilena' (la Bea y la Ivania) y ese paseo nos dejó un poquito cansados, así que no fuimos capaces de levantarnos temprano... nos levantamos a las 10 y después de varias vueltas llegamos a The Rocks a las 12:20, en medio de una lluvia algo fuerte, pero tolerable. Nos dieron nuestros mapas (no nos dieron el 'pasaporte' ni la pulserita porque ya era tarde y no les quedaba, pero los conseguimos más adelante) y partimos con la andada. El cielo estaba bastante cerrado y se escuchaban truenos amenazantes, pero habíamos visto el tiempo en internet (puaj, qué ilusos) y decía que iba a despejarse a eso de las 3 de la tarde.
El primer tramo del trayecto era desde The Rocks, bajo el Harbour Bridge, hasta Pyrmont, pasando por la orilla del muelle en Darling Harbour, abierto especialmente para la caminata. Cuando íbamos entrando al muelle la lluvia se largó con todo, acompañada de un viento de locos que me obligó a cerrar el pobre paraguitas que llevaba. Casi todos los caminantes a nuestro alrededor llevaban ponchos plásticos para protegerse de la lluvia, entregados por los organizadores, pero como nosotros partimos tarde no quedaba ni uno... así que en menos de una hora de camino ya éramos dos pollitos mojados caminando en contra del viento. Lo único que no nos falló fue el espíritu, así que seguimos marchando y marchando hasta el primer puente. Cruzamos y unos minutos después llegamos al primer gran puesto de control, Pyrmont Village. El espectáculo era un poco triste, porque se habían planeado actividades musicales, shows de niños y etc., pero con la lluvia todo se fue a las pailas. Timbramos nuestros pasaportes y seguimos andando.
El segundo puente fue el Anzac Bridge, que junto con el Harbour Bridge son los más característicos de la ciudad. Muchas veces lo habíamos visto (se ve desde lejos desde varios puntos del centro de Sydney) así que fue entretenido pasarlo caminando. Comprobamos además que es posible cruzarlo en bicicleta, así que ahí se abren múltiples posibilidades para futuros paseos. Al otro lado del puente otro timbre en el pasaporte y camino luego a Rozelle, un suburbio muy bonito, con calles muy tranquilas.
En Rozelle pasamos por el Sydney Academy of Arts, que es la Facultad de Arte de la Universidad de Sydney, emplazada en un parque abierto con acceso a la bahía y con unas praderas verdes de sueño. Los edificios de la facultad eran antiguamente un hospital y de hecho algunos todavía se ven deshabitados, lo que le da un aire de misterio a todo el conjunto. Ahí estaba Rozelle Village, el segundo gran punto de control. En un árbol estaba colgado el mapa completo del trayecto y ahí me di cuenta que no alcanzaríamos a terminar el camino: ya eran las dos y media de la tarde y llevábamos recién un 20% del camino. "Ahhh, no importa... démosle no más. Total, la gracia es caminar y conocer". Así que seguimos andando no más, ya sin la molestia de la lluvia pero completamente empapados.
El tercer puente fue Iron Cove Bridge. Nada muy particular, salvo un enorme edificio que se veia a una orilla con pinta de fábrica del siglo XIX que ahora es un centro comercial. Y bueno, muchos muchos botecitos en el mar... El cuarto puente, Gladesville Bridge, pasa sobre el río Parramatta y la vista que se tiene desde ahí hacia el centro de la ciudad es hermosa. Además, en las orillas se ven casas enormes, con pequeños muelles, árboles con flores de todos colores, prados verdes... y de nuevo, muchos botecitos en el agua. Desde este puente en adelante el paisaje empieza a cambiar claramente y ya se nota que estamos en el 'barrio alto' de la ciudad, que además resulta ser mucho más natural, más selvático casi, con bosques tupidos por todos lados y más y más prados verdes. El quinto puente, Tarban Creek Bridge y el sexto y último que cruzamos, Fig Tree Bridge, fueron bastante similares: orillas llenas de casas gigantes y hermosas, con piscinas a la orilla del mar, con bosques entre medio, con botes esperando en los muelles. Otro mundo.

Después del último puente el trazo de la caminata seguía por entre un par de reservas naturales en medio de la ciudad y unas calles de lo más top top top. En esta parte del camino fue donde vimos las cosas que más nos impresionaron: primero, calles con casas enormes, enormes, sin rejas ni protecciones en las ventanas, porque claramente solo llegan ahí los que viven ahí (hay que subir y bajar unas lomas TERRIBLES, por lo que dudo que un ser humano sin auto se atreva a 'dar una vuelta' por esos lares sin ningún motivo). Segundo, la cancha de deportes de un colegio estilo 'british college' (imagínense los colleges que salen en 'La sociedad de los poetas muertos' o 'Perfume de mujer'), del porte de dos o tres canchas de fútbol, con un pasto verde que te quiero verde, con instalaciones para cricket y fútbol australiano, y al fondo, muuuy al fondo, el edificio del colegio. Me atrevería a decir que la zona de deportes era casi tan grande como la que hay en el campus San Joaquín de la Católica. Tercero, un bosque hermoso, sobrecogedor, apacible, tranquilizador, todos los adjetivos que puedan imaginar, y todo en medio de la ciudad. Por lejos, la mejor parte del paseo.
Cuando salimos del bosque estábamos ya en la recta final de nuestra caminata, porque el tiempo nos pisaba los talones. Llegamos a las 5:10 a Lane Cove Village, nuestro último timbre en el pasaporte. La gente ya estaba desarmando las carpitas y juntando las sillas para terminar todo, pero igual nos dieron el timbre y unas pulserita que debiéramos haber tenido desde el comienzo (plop). Ahí nos dijeron que podíamos esperar un bus gratuito que estaba por pasar y que nos llevaría de vuelta a la ciudad. Enfilamos al paradero y nos sentamos ahí, yo mojada y empezando a enfriarme por la falta de actividad y Funes con dolor tremendo en los pies por las ampollas que le salieron con la caminata y los calcetines mojados. Esperamos y esperamos y otras personas esperaron con nosotros y nunca pasó el famoso bus. Mirando el mapa y considerando la hora y la absoluta falta de buses del día domingo en esa área, no nos quedó otra que seguir caminando hasta un lugar donde pudiéramos tomar algo de vuelta a la casa...
Así que a andar otra vez, yo tratando de caminar rápido para entrar en calor y mi amado Funes caminando despacito para hacerle el quite a los doloridos pies. Y ahí ibamos, caminando caminando, y Funes haciéndome reir mientras se preguntaba quién cresta nos había mandado a caminar. Otra vez a subir y bajar lomas por calles desconocidas una y otra vez, hasta que llegamos a una calle más o menos grande con un paradero y varamos ahí a esperar que algo pasara. Y el bus pasó en menos de cinco minutos. Y cinco minutos después se echó a llover otra vez. Y diez minutos más tarde nos bajamos del bus y tomamos el tren, caminando despacito para no reventar las ampollas de Funes. Y diez minutos después estábamos en nuestra casa, cansados, hambrientos, helados, pero felices después de un día de paseo increíble.