
Queridos y queridas lectores y lectoras, nuevamente perdón por el prolongado silencio. En realidad es difícil ser constante con esto de la escritura del blog (a pesar de los buenos consejos de Sonia), pero seguiré intentando ser más proactiva y motivar a mi Funes para que también ponga lo suyo (hace días que anda diciendo que quiere escribir sobre los peluqueros griegos y no pasa nada...). En fin, les escribo ahora en este día lunes 31 de agosto, a las 9 de la noche hora de Sydney, día de descanso y relajo máximo muy bien ganado después de un fin de semana de TRA BA JO. Así es, este fin de semana nos hemos convertido en dos pintores profesionales y le hemos puesto el hombro por ocho horas diarias como cualquier trabajador de la patria.
Desde hace ya un mes Funes está trabajando los días domingo en una bodega bajo las órdenes de David, un judío de unos50 años. Su pega ahí es básicamente de ayudante o pioneta, para mover cajas, contar los productos que tiene David y ese tipo de cosas. Hace un par de fin de semanas David ya le había dicho a mi amado Funes que lo llevaría a pintar un jardín y que necesitaría una ayudante, pero luego se arrepintió de llevar otras manos. Sin embargo, este fin de semana se debe haber visto apremiado por la necesidad de pegarle una manito de gato al jardín infantil que dirige su hija, así que llamó a su ayudante estrella y le dijo que consiguiera a alguien más para ir a pintar. El viernes cuando volví de clases me encontré con una propuesta de trabajo que acepté inmediatamente. Como subcontratista, mi Funes llamó a David para decirle que había encontrado a una "niña" con experiencia en la materia: según él, pinté tres casas en el verano en Santiago... yo con suerte me pinto las uñas una vez cada seis meses, pero no me iba a amedrentar por una muralla. ¿Qué tan difícil podía ser?
Así que el sábado nos levantamos a las ocho de la mañana y tomamos el tren hacia Macquarie Fields, un suburbio casi en el límite de Sydney. De hecho, un par de estaciones antes de llegar a destino el paisaje cambia radicalmente y se pueden ver bosquecillos, lomas con pastito y hasta un pequeño arroyo. David nos estaba esperando en su auto y en cinco minutos estuvimos en el jardín infantil. Pintamos sin parar hasta las 2 de la tarde... sin pa rar. A eso de las 11:30 llegó una paerja a buscar unos juguetes y se quedaron conversando con David hasta las dos de la tarde. A la una y media ya estábamos preguntándonos si es que el caballero se dignaría a irnos a comprar algo para el almuerzo (que es parte del trato) y nos llenábamos la guatita con agua... por fin la pareja se fue y nos sentamos a comer unas hamburguesas muy ricas, aderezadas con barbaque sause y con unos trozos de betarraga, cosa jamás vista ni probada por mí. En todo caso, la mezcla queda muy buena.
El almuerzo duró 20 minutos y vuelta a pintar hasta las 6 de la tarde, de nuevo sin parar. Fue increíble, pero de verdad trabajamos sin parar. Me acordaba de los maestros que estuvieron una vez en la casa de mi abuela que sacaban la vuelta de manera increíble y me pregunté cómo les iría a ellos trabajando en estas tierras... a las seis nos lavamos las manos, nos ordenamos un poco y David nos llevó a la estación de tren, no sin antes pagarnos 120 dólares a cada uno por las 8 horas de trabajo. Llegamos a la estación y nos desplomamos en los asientos a esperar el tren. Durante la hora de camino a la casa solo pensábamos en llegar y bañarnos con agüita caliente, asumiendo que seríamos incapacez de asistir a la pizzada a la que con tanto cariño nos había invitado nuestra amiga Ivania... Pero como nos habíamos deslomado trabajando (literalmente, al otro día la espalda nos dolía terriblemente) decidimos que merecíamos alguna recompensa... así que nos fuimos a comer a un restorán libanés cerca de la casa. Después de la rica cena, de vuelta a dormir para levantarse a las ocho al día siguiente.
El segundo día se sintió un poco más liviano porque yo por lo menos ya le había agarrado la mano a la pintura y tenía toda la técnica para pintar en los rincones difíciles, que era lo que me tocaba a mí. Ese día mientras pintaba me acordé el tío Juan Carlos y sus historias de viajes. Él contaba que una vez en Alemania (o Austria?) también se dedicó a la pintar para ganar unos pesitos más y que ayudaba a un alemán (o austriaco?) que llegaba del trabajo, pintaba con la camisa puesta y después volvía a salir totalmente hediondo y traspirado...
Durante el almuerzo, ocurrió algo gracioso-incómodo. David nos convidó un queque que había llevado y yo le pregunté si lo había cocinado él o qué (obvio que él no lo había hecho, pero era una táctica para ver si me hablaba de su esposa o algo). Me dijo, tal como pensaba, que lo había hecho su esposa. Luego me dijo que yo tenía que aprender a cocinar muchas cosas diferentes para que así cuando me casara mi esposo fuera feliz conmigo... JE LOUUUU... mi amado Funes no le había dicho que iba a llevar a su esposa a trabajar y ya era el segundo día de trabajo. Me dio lata sacarlo de la ignorancia, así que me hice la loca no más y mi esposo tampoco dijo que estábamos casados. El resto de la tarde David se la pasó haciendo referencias sobre el matrimonio y bla bla... a lo mejor pensó que había onda entre nosotros...
El domingo terminamos a las cinco y media y llegamos más temprano a la casa y con más energía, así que como premio nos fuimos a nuestro restorán favorito, Holy Cow (comida india), donde el dueño, el cocinero y los meseros nos conocen y nos tratan como parte de la familia. Broche de oro para un fin de semana de trabajo. Y lo mejor de todo, ahora sí que puedo decir que tengo experiencia pintando casas, así que si están pensando renovar el color de sus paredes o darle un nuevo aire al patio, no duden en llamarnos!!
Así que el sábado nos levantamos a las ocho de la mañana y tomamos el tren hacia Macquarie Fields, un suburbio casi en el límite de Sydney. De hecho, un par de estaciones antes de llegar a destino el paisaje cambia radicalmente y se pueden ver bosquecillos, lomas con pastito y hasta un pequeño arroyo. David nos estaba esperando en su auto y en cinco minutos estuvimos en el jardín infantil. Pintamos sin parar hasta las 2 de la tarde... sin pa rar. A eso de las 11:30 llegó una paerja a buscar unos juguetes y se quedaron conversando con David hasta las dos de la tarde. A la una y media ya estábamos preguntándonos si es que el caballero se dignaría a irnos a comprar algo para el almuerzo (que es parte del trato) y nos llenábamos la guatita con agua... por fin la pareja se fue y nos sentamos a comer unas hamburguesas muy ricas, aderezadas con barbaque sause y con unos trozos de betarraga, cosa jamás vista ni probada por mí. En todo caso, la mezcla queda muy buena.
El almuerzo duró 20 minutos y vuelta a pintar hasta las 6 de la tarde, de nuevo sin parar. Fue increíble, pero de verdad trabajamos sin parar. Me acordaba de los maestros que estuvieron una vez en la casa de mi abuela que sacaban la vuelta de manera increíble y me pregunté cómo les iría a ellos trabajando en estas tierras... a las seis nos lavamos las manos, nos ordenamos un poco y David nos llevó a la estación de tren, no sin antes pagarnos 120 dólares a cada uno por las 8 horas de trabajo. Llegamos a la estación y nos desplomamos en los asientos a esperar el tren. Durante la hora de camino a la casa solo pensábamos en llegar y bañarnos con agüita caliente, asumiendo que seríamos incapacez de asistir a la pizzada a la que con tanto cariño nos había invitado nuestra amiga Ivania... Pero como nos habíamos deslomado trabajando (literalmente, al otro día la espalda nos dolía terriblemente) decidimos que merecíamos alguna recompensa... así que nos fuimos a comer a un restorán libanés cerca de la casa. Después de la rica cena, de vuelta a dormir para levantarse a las ocho al día siguiente.
El segundo día se sintió un poco más liviano porque yo por lo menos ya le había agarrado la mano a la pintura y tenía toda la técnica para pintar en los rincones difíciles, que era lo que me tocaba a mí. Ese día mientras pintaba me acordé el tío Juan Carlos y sus historias de viajes. Él contaba que una vez en Alemania (o Austria?) también se dedicó a la pintar para ganar unos pesitos más y que ayudaba a un alemán (o austriaco?) que llegaba del trabajo, pintaba con la camisa puesta y después volvía a salir totalmente hediondo y traspirado...
Durante el almuerzo, ocurrió algo gracioso-incómodo. David nos convidó un queque que había llevado y yo le pregunté si lo había cocinado él o qué (obvio que él no lo había hecho, pero era una táctica para ver si me hablaba de su esposa o algo). Me dijo, tal como pensaba, que lo había hecho su esposa. Luego me dijo que yo tenía que aprender a cocinar muchas cosas diferentes para que así cuando me casara mi esposo fuera feliz conmigo... JE LOUUUU... mi amado Funes no le había dicho que iba a llevar a su esposa a trabajar y ya era el segundo día de trabajo. Me dio lata sacarlo de la ignorancia, así que me hice la loca no más y mi esposo tampoco dijo que estábamos casados. El resto de la tarde David se la pasó haciendo referencias sobre el matrimonio y bla bla... a lo mejor pensó que había onda entre nosotros...
El domingo terminamos a las cinco y media y llegamos más temprano a la casa y con más energía, así que como premio nos fuimos a nuestro restorán favorito, Holy Cow (comida india), donde el dueño, el cocinero y los meseros nos conocen y nos tratan como parte de la familia. Broche de oro para un fin de semana de trabajo. Y lo mejor de todo, ahora sí que puedo decir que tengo experiencia pintando casas, así que si están pensando renovar el color de sus paredes o darle un nuevo aire al patio, no duden en llamarnos!!