sábado, 27 de junio de 2009

Sujeto de Investigación


El miércoles pasado completamos una nueva experiencia en estas tierras australianas: fuimos parte de una investigación sobre el comportamiento del macho alfa en las labores hogareñas.

Sí, aunque no sea exactamente el título real de la investigación, más o menos de esto trataba. Todo se gestó cuando un día, leyendo el periódico gratuito que se distribuye en los barrios cercanos a Central Station -que, de paso, reparten a domicilio- vi un aviso pidiendo voluntarios para un estudio sociológico auspiciado por la Universidad de Wollongong. Lo más interesante a primera vista era el pago: 90 dólares por lo que aseguraban eran dos entrevistas y un pequeño cuadro diario para completar.

El encargado del estudio era Andrew, un profesor australiano jovencillo y simpático (el de la foto). Pimponeamos mails durante una semana para acordar los términos de la investigación, bastante sencillos, y fijar la primera entrevista. De esto hace ya un mes. Nosotros esperábamos una entrevista formal estilo "investigación académica", con grabadora, cuestionario definido y temas específicos a tratar en cada etapa. En otras palabras, esperábamos una entrevista completamente estructurada y centrada en las tareas que yo, como hombre-macho alfa-latin boy-sin trabajo-recien casado-migrante-joven-dueño de casa- estudiante realizaba en el día a día y mis sensaciones al realizarlas .

La entrevista resultó ser exactamente lo contrario. Apenas llegó Andrew, empezamos a echar la talla. Salvo la grabadora, ningún tema de los que hablamos tenía que ver con el foco de la investigación. Así, por ejemplo, aprendimos que las mejores cervezas de Australia están en Tasmania, quizás por el clima de esta región, ubicada a una latitud similar a la de nuestro Coihaique. Así también nos enteramos que la tesis de doctorado de Andrew se basó en...la Iglesia metodista pentecostal chilena y sus redes sociales. Según él, esta iglesia era potente en cuatro países del mundo: Estados Unidos, Canadá, Australia y adivinen.

Otro tema que conversamos harto en nuestra primera reunión fue sobre política australiana. Al parecer y como ya habíamos comentado, la gente por acá, al menos en el espacio académico, está muy conforme con el gobierno actual o al menos lo diferencian totalmente con los 10 años (1997-2007) en que la centroderecha estuvo en el poder. Andrew es claramente izquierdista, desarrolla investigaciones "sociales" y de género bastante progresistas y en los comentarios que hizo lo hacía notar. A pesar de ser un estudio sobre mi rol en el hogar, estaba feliz de la vida que Margarita también participara de las entrevistas. Terminamos ese día con el compromiso de completar un horario con mis actividades diarias y con la promesa de una segunda evaluación.

El pasado miércoles completamos el estudio. Yo había mandado el martes el timetable con mis actividades, por lo que se supondría que esta segunda entrevista debería profundizar en las actividades que usualmente realizamos y que anoté en mi horario diario, como ir a clases, comprar en la feria, limpiar,etc. Nuevamente Andrew llegó, nos trajo de regalo una cajita con unos tecitos bien wenos, se sentó y esta vez, sin grabadora, empezamos de nuevo a arreglar el mundo. Nuevamente política, racismo, América Latina, las galletas Tim Tam como símbolo de Australia y las diferentes cepas del vino australiano fueron los temas que tratamos. Nos despedimos con el compromiso de Andrew de invitarnos a su casa una vez que volviese de Bali. Según él, para los australianos este paraíso tropical es como Acapulco para los gringos.

En suma, carrete en tres semanas más, 90 dólares que al final de todo terminaron siendo lo menos importante y un nuestro primer amigo australiano. Nada mal para un aviso del diario!

martes, 23 de junio de 2009

Sydney está lleno de Flanders


Así es, amigos, esta ciudad está llena de amiguirijillos. Al contrario de lo que uno pensaría de un país primermundista y desarrollado, acá el 90 por ciento de la gente es amigable. Extremadamente amigable. Donde sea que vayamos, siempre hay alguien con una sonrisa a flor de piel para recibirte: en el banco, el un bazar, en un café, en la isapre, en la farmacia. No sé si ya he hablado sobre esto (la realidad escrita se me confunde con la realidad real) pero esta masiva expresión de alegría me ha pillado un poco mal parada y muchas veces he sido incapaz de responder con la misma amabilidad...

Algunos ejemplos para que vean que acá realmente love is in the air. Nuestra sucursal del banco queda a unos pasos del depto, pero no habíamos ido hace tiempo porque lo hacemos todo por internet. Sin embargo, el otro día pasamos por ahí y nuestro cajero amigo Rafik, aunque estaba en otra ventanilla y no nos atendió, se dio el tiempo para reconocernos y saludarnos con una terrible sonrisa desde su pedacito de vidrio. Como no fue necesario un contacto directo que implicara lenguaje verbal, pude responderle con casi la misma simpatía.

El fin de semana salimos a pasear a Newtown, un suburbio estilo Bellavista pero mucho más grande y mucho más top. Tomamos cafecito y comimos pasteles en un par de lugares muy chics y fuimos tratados como reyes a pesar de nuestras pintas domingueras (jeans y polerones). En ambos lugares la gente era encantadora y todos te preguntaban "cómo estás hoy, cómo estuvo todo, todo bien?, me alegro que les haya gustado". Es terrible tanta alegría.

Lo que más nos ha impresionado estos días ha sido, en realidad, la visita a la farmacia. Fuimos a comprar un par de cosas y quedamos perplejos. Las farmacias en Chile para mí siempre fueron campos de batalla, donde los farmacéuticos eran tus enemigos a muerte porque siempre intentaban venderte el medicamento más caro y nunca tenían el genérico. No vale la pena comentar los arreglines entre farmacias que salieron a la luz pública hace algunos meses... En suma, farmacia era igual a negocio voraz, hambriento por tu dinero, impersonal como todos los negocios que son parte de enormes cadenas que solo se interesan por tragar tu dinero a costa de tu impostergable necesidad de salud...

Pero acá, es como volver al tiempo de la botica amiga en la esquina de tu casa. Para empezar, como en todos lados, los que te atienden son un amor de personas. Segundo, como acá sí que son estrictos con el tema de la receta médica, el farmacéutico guarda en una carpetita todas tus recetas con tu nombre y apellido y si eres un cliente frecuente se sabe tu nombre y te saluda como amigo de toda la vida. La semana pasada, cuando fuimos a comprar, había unos dos o tres clientes más, algunos sentados en la farmacia simplemente echando la talla con el farmacéutico, quien les daba consejos para mejor utilizar los remedios y sobre la vida en general. Es más, había un viejito en silla de ruedas que compró varias cosas y se iba sin pagar, pero cuando la señorita de la caja le recordó el dinero él le dijo "anótalo a mi cuenta". ANÓTALO A MI CUENTA!!!! Dónde se ha visto que en las farmacias te hagan una cuenta???

En fin, todo el mundo acá es tan amable que confunde un poco. Hasta el primer ministro tiene cara de Flanders. A pesar de que es muy agradable estar rodeado de buenas vibras, hasta ahora ha sido un poco complicado para mí porque, acostumbrada a las malas caras y a la frialdad chilena, no sé cómo contestar a los saludos amistosos de personas extrañas. Uno de estos días fui a comprar a una tienda y parece que el joven que atendía me vio cara rara (aunque según yo era mi cara normal) y me preguntó cómo estaba, pero no esa pregunta banal y de cortesía, sino realmente interesando en saber si estaba bien o no... quedé literalmente en blanco y luego de un segundo me di cuenta de que tenía que cambiar mi actitud para no dar la impresión de una vieja amargada... pero es tan difícil! Quizás sea la visceral desconfianza con los desconocidos, la timidez carnal que he llevado siempre o simplemente, citando de nuevo a Rafael Gumucio (cha, media cita), la oscuridad propia del pueblo chileno... será?

Como sea, comenzaré una campaña personal para convertirme en una amiguirijilla... sipirirí!!!

viernes, 19 de junio de 2009

Globalización

Prendo la televisión en Sydney a las 7: 30 de la mañana. Un matinal del canal 7, transmitiendo en vivo desde Brisbane, presenta un grupo de diez jóvenes tenores australianos que cantan "Bésame mucho", en español y en estilo ópera.

Si esto no es globalización, entonces no sé qué es.

miércoles, 17 de junio de 2009

La primera ida al cine

Luego de ya tres meses en esta isla por fin nos atrevimos a hacer algo que veníamos pensando hace rato: ir al cine a ver una película. Oh, qué arriesgados que son, exclamarán ustedes. Pero si lo piensan un poco, igual tiene su grado de riesgo y aventura por varias razones. Primero, porque aunque ya estamos acostumbrados a ver televisión en inglés todos los días y entendemos la mayor parte de lo que escuchamos, no es lo mismo salir de tu casa con el frío invernal, arriesgándote a la lluvia, para ir a una sala de cine y pagar 20 dólares por entrar a riesgo de no entender la idea de la película que pasa ante tus ojos. Segundo, porque no sabíamos cómo iba a ser el comportamiento general de los sujetos en el cine y eso siempre puede tener sus riesgos. Y tercero, porque siempre puede pasar que la película sea una bosta y te sientas estafado por haber pagado por pasar un mal rato.

A pesar de todo esto, ayer nos arriesgamos y fuimos al cine. El día martes acá es el día de mitad de precio, así que a la salida de clases me fui a comprar las entradas, pensado que, como en Chile, este día sería de gran demanda y no podría encontrar entradas para la película y la hora que quería. Camino al cine se desató una lluvia horrorosa que me dejó como recién salida de la ducha. De más está decir que mi aspecto de perro mojado causaba mucha desconfianza entre la gente. No sé si será por eso o por otra cosa, pero ayer por primera vez me sentí mal mirada, como 'maldita inmigrante'. Un guardia me pidió que le mostrara mi mochila, un cajero me miró con cara de desconfianza máxima, una mujer en el pasillo me retó porque se me cayó un papel al suelo que obviamente iba a recoger en ese momento. Bah, dije, es un poco de agua no más. Mal por ellos si me van a mirar feo por esto.

Volví a la casa, esta vez con paraguas, y esperé a que llegara mi amado Funes. La función era a las 6:50, cuando ya es noche oscura acá. Normalmente, a esa hora lo único que quiero es acostarme, porque las horas de oscuridad engañan a mi cuerpo y hacen que quiera puro hacer tutito. Pero fue muy entretenido salir a la calle a esa hora, caminar y ver cosas que normalmente no vemos, como la gente volviendo a sus casas, los escasos autos en las calles de nuestro barrio, las luces de las tiendas en Broadway St. Llegamos un poquito pasados de la hora al cine Hoyts y entramos rápido a la sala. Era una sala pequeña, con unas diez corridas de asientos. La película era Sunshine Cleaning, una película gringa que acá ha tenido mucho éxito entre el público. Aquí viene el primer dato freak: la película era una especie de drama-comedia, pero en la sala había muchos cabros chicos comiendo pop corn. Lo primero que pensé fue que nos habíamos equivocado de sala, pero no. Así que nos sentamos a esperar que empezara la peli.

La segunda sorpresa vino ahí: la previa era eteeeerna. Tres trailers de películas y el resto publicidades sin fin de Nueva Zelanda, de vino australiano, de fútbol, de todo lo imaginable. Las publicidades seguían y seguían y la gente entraba y entraba en la sala. No puedo negar que me empezó a molestar un poco tanto tránsito de personas de un lado para otro. A lo mejor es porque el cine para mí sigue siendo un ritual especial y no una actividad cualquiera, que se transformó en ritual en mi más tierna infancia cuando mis padres nos llevaban a mí y a mi hermana al cine cada vez que estrenaban una película de Disney. Recuerdo claramente a la mamá de Bambi corriendo en el bosque en llamas y a la hipopótama de Fantasía bailar como una pluma en el aire con su tutú rosado. En ese tiempo los cines eran rotativos y siempre soñé con quedarme a ver la película una y otra vez, pero siempre salíamos al final de los créditos. Y, lo más importante, siempre aplaudíamos al final de la película. De esa época me quedó el impulso por aplaudir cuando prenden las luces, pero ya nadie lo hace.

Otro detalle que empañó un poco mi ritual fue que todos comían. No porque tuviera hambre, sino porque todos hacían ruido con sus bocas rumiando el pop corn, los m&m, la bebida, las papas fritas... bolsas de papel y aluminio sonaban y sonaban. Sí, soy una vieja jodía para esto, lo sé, pero es que es tan molesto estar en un momento de tensión dramática máxima y escuchar al lado el crujir de los maníes en la boca de algún extraño o el sorbeteo de las últimas gotas de coca cola y los hielos chocando unos contra otros... No sé si será que mi experiencia en el cine en Chile era muy escasa o qué, pero no recuerdo haber sentido tanto sorbeteo ni mascadas en la última película que vimos, y eso que era una película para niños en una sala igual de comercial que esta (Una chiguagua en Beverly Hills, la fuimos a ver con el hermano pequeño de Funes, no exactamente por nuestro gusto personal... aunque igual estaba entretenida).

Ya en los trailers de las películas nos empezamos a sentir un poco incómodos, pero no por los motivos que ya he mencionado. Uno de los trailers era una película de Adam Sandler, el comediante. Obviamente, su peli era una comedia, o sea, el trailer tenía chistes. Chistes en inglés. Aunque pudimos entender el 90% de lo que escuchábamos, había momentos en los que no entendía por qué la rubia al lado mío se reía con tantas ganas. El momento cúspide fue una escena en la que un personaje imita un acento de otro personaje. Todo el cine explotó en carcajadas y nosotros nos reíamos para no quedar atrás, pero no entendí jamás la gracia del asunto. Dos cosas pueden explicar esto, creo: uno, que el humor es uno de los ámbitos más difíciles de integrar cuando uno aprende una segunda lengua; dos, que los gringos estos se ríen de puras leseras. Probablemente, la cosa sea una mezcla de los dos.

Luego de minutos eternos de espera, comenzó la película. Excelente película, muy interesante, una mezcla muy lograda de humor y de drama. Era la historia de una mujer en el sur de EE.UU. que había sido la típica envidiada cheerleader-novia-del-capitán-del-equipo-de-football y que ahora tenía una vida relativamente miserable, trabajaba en una empresa de aseo limpiando casas de los ricos y famosos de su ciudad, era madre soltera y amante de su ex-novio de la escuela que tenía una familia bien constituida y un puesto como oficial en la policía. La cosa es que su hijo es expulsado de la escuela como por décima vez y decide ponerlo en una escuela privada, para lo que necesita mucho dinero. Cómo lo consigue? Entra al negocio de la limpieza post-mortem, o sea, haciendo el aseo en las escenas del crimen una vez que se han llevado el cuerpo o en casas de personas fallecidas. Obviamente no les contaré toda la película, pero si tienen oportunidad de verla, véanla. Es de esas películas que muestran el lado normal, común y corriente de un EE.UU. que se muestra casi siempre poderoso, glorioso e invencible en el cine joligudense.

Durante la película, de nuevo, risas excesivas de alguien que no distinguió nunca entre los momentos de comedia y los momentos de drama. En realidad, mucha gente se reía en puntos que a mí me parecían más bien tristes, patéticos. A mi lado Jean tampoco se reía en esos momentos. A la salida nos preguntamos si sería que la sala estaba llena de personas con problemas de comprensión lectora o si nosotros éramos demasiado serios, demasiado tristes, demasiado sensibles al patetismo. En ese momento no sé por qué me acordé de Neruda, de su voz como de funeral leyendo los poemas de amor más amorosos. Y recordé las palabras de Rafael Gumucio en su Historia personal de Chile (no recuerdo si es ese el título correcto), dicendo que Chile era un país de tristes, de depresivos, de solitarios. Quizás así sea. O a lo mejor solo es que todavía podemos sentir una especie de extraña solidaridad por el patetismo y el drama de los otros, incluso a través de la pantalla de una sala de cine.

En resumidas cuentas, creo que esta es una prueba superada. Decidimos por lo tanto repetir la experiencia-ritual dos veces al mes, mientras sea posible y hayan películas interesante, y obviamente siempre en día martes, cuando la entrada cuesta solo 10 dólares y no 20.

jueves, 11 de junio de 2009

Cotidiano I

Como me lo temía, pasados nuestros primeros quince minutos de fama en Sydney ya las aguas se van aquietando y la vida comienza a tomar un curso más o menos normal, que en otras palabras quiere decir que ya se puso fome. No fome para nosotros que estamos viviendo esto sino quizás fome para ustedes como lectores... pero en fin, como me dijo mi madre por Facebook, lo que es cotidiano para nosotros para ustedes quizás no lo sea, así que intentaré contarles un poco lo que han sido estas semanas por acá en la isla.

El fin de semana pasado se celebró en toda la Commonwealth el cumpleaños de la Reina Isabel, aun cuando la ilustre señora está de cumpleaños en abril, si no me equivoco. Digo "celebrar" porque fue día feriado pero obviamente acá a nadie le importa un pito la reina, salvo los viejitos conservadores que se siguen creyendo ingleses aún cuando su antepasado inglés murió hace 200 años (esto en palabras de una de mis profes). Así que por fin tuvimos un fin de semana largo. Mi idea era aprovechar esos días para por fin salir a pasear a las Blue Montains con mi amado Funes, pero él mismo se encargó de boicotearme el plan por medio de elegantes artilugios. Como él es el genio del internet, le pedí que hiciera las reservaciones para el hostal el día lunes, considerando que mucha gente tendría la misma brillante idea que nosotros. Funes me mostró un par de hostales, discutimos los criterios básicos de selección y después yo me desentendí del tema. Al día siguiente le pregunté y me dijo que no había decidido todavía, que no estaba muy convencido de los lugares que había visto y ese tipo de cosas. Luego fue miércoles y me dijo que el clima no era el más apropiado para ir, que la montaña era muy fría, cosa que yo apoyé basada en los consejos de uno de mis compañeros del curso, Alí (el anti-saudita), que había ido hace un par de semanas. Así que finalmente no hubo paseo a la montaña. En todo caso, considerando el frío que hace aquí en Sydney ahora, creo que de haber ido hubiera estado encerrada en el hostal al lado de una chimenea, una fogata, un fogón, una estufa a parafina, una vela o cualquier cosa que emitiera algún grado de calor.

El paseo a la montaña fue reemplazado por unos días de tranquilidad en el hogar. El sábado vinieron nuestros amigos Isa y Renzo a almorzar, luego de lo cual jugamos el clásico carioca y además aprovechamos para hacer un suspiro limeño casero que quedó exquisito y que nos dejó al borde del coma diabético. Nos acostamos temprano porque al otro día teníamos una cita con la patria grande, como le gusta decir a mi Funes: el partido Chile-Paraguay (nos levantamos a las 7:30 de la mañana un domingo por un partido de fútbol... cómo nos cambia la vida!). Para eso viajamos a Fairfield, el suburbio de mi primo Andrés, pero no vimos el partido en su casa sino en el club COLO COLO. Así es, queridos, hay en Fairfield un club COLO COLO, así como también hay un COBRELOA. Pero obviamente todos los chilenos de corazón van al club Colo Colo a ver los partidos de fútbol.

Cuando cruzamos la puerta del club fue como teletransportarse 9858989389388348 km desde Sydney hasta el Paseo Ahumada o el Portal Fernández Concha. Estaba lleno de chilenos, en su mayoría hombres, viendo el partido y comiendo empanadas, sandwich de pernil o de queso de cabeza, que era el desayuno obligado en el local (8 dólares por persona). Creo que desde que llegamos no habíamos visto tanto chileno junto, ooye. Había gente de todas las edades, viejitos muy viejitos, tan viejitos que yo pensé cómo se levantaron tan temprano con este frío, hombres en sus 50, 40, 30 y jovencillos con la camiseta de la selección blandiendo al viento del aire acondicionado. Detalle interesante: los más jóvenes hablaban en inglés fluidísimo y australianísimo con la mejor cara de chilenísimos y gritaban c-h-i con más fuerza que ninguno. Dato más interesante aún: según mi primo, muchos de los más jóvenes nunca han ido a Chile y solo saben de ese remoto lugar por lo que sus padres les han traspasado.

Como ya saben, la selección chilena ganó dos a cero y para completar la escena al final del partido la barra empezó a gritar con bravura y entusiasmo "copete gratis pa' celebrar el triunfo". Obviamente, el dueño los echó a todos cantando. Pero nosotros tuvimos nuestra propia celebración en la casa de Andrés con un rico asadito que duró toda la tarde entre cervezas y conversaciones varias. Tanto comer y beber a la romana nos está pasando la cuenta eso sí, y pronto podré irme rodando por las colinas de mi barrio.

Esta semana fue corta por el lunes feriado, así que no hay mucho que contar. Las clases cada día un poquito más fomes porque se han puesto muy repetitivas. Sin embargo, no por eso están menos exigentes: debo sacar una A o B+ (todavía no estoy segura) en estos dos últimos bloques del curso de inglés para poder entrar directamente a la universidad. Si no... no sé qué podrá ocurrir. La fomedad del curso es compensada con los constantes encontrones verbales que he tenido últimamente con mi compañero Alí sobre temas varios. Afortunadamente, ya dejó de molestar a Fadilah porque ahora entró a la cancha Sultán, otro compañero saudí (sí, Sultán). Así que ahora las discusiones se construyen básicamente alrededor de su extremo machismo y su molesto nacionalismo y mi idea de igualdad de géneros y de fraternidad latinoamericana y humana... al final todos se divierten un poco con esas discusiones y cuando salimos de clases Alí siempre me tira una talla como para decir "todo se queda en la sala de clases", lo que me parece muy de caballero.

Y eso es todo, mi mente ha estado un poco floja de reflexiones lo que explica mi prolongado silencio. Cualquier pregunta, duda o comentario, por favor postéenlo. Por mi parte, eso es todo por hoy.