domingo, 31 de mayo de 2009

Una noche de blink blink

Como dicen por ahí, para todo hay una primera vez. Incluso para aquellas cosas que jamás imaginamos hacer y que quizás ni siquiera queríamos hacer con esos deseos locos. Pero a veces las oportunidades tocan tu puerta y les abriste y ya. Y aunque te parezca un poco ridículo o avergonzante, pues no te queda otra más que lanzarte a la vida y disfrutar lo más que se pueda. Hecha esta aclaración, aquí va el resumen de una noche de blink blink a bordo de una limusina Hummer blanca por las calles de Sydney.

Como dice mi amado Funes citando la sabiduría popular chileno-católica, "Dios los cría y el Diablo los junta". Por medio de nuestra pareja de amigos becarios Isa-Renzo conocimos a otra pareja de chilenos que viven acá hace tiempo. Ella es chileno-australiana y él vivía en San Antonio hasta hace un par de años. Ella fue de vacaciones a Chile y lo conoció. Se quedó allá por más tiempo del planeado y después se vinieron juntos a Australia, donde se casaron. Aunque puede sonar a matrimonio por conveniencia, ellos parecen quererse honestamente. De los dos, él es el más agradable, el más afectuoso, el más acogedor. Hace una semana iban a cumplir un año de matrimonio y él, como regalo, contrató una limusina Hummer por dos horas para dar un paseo por la ciudad con 10 amigos más. Obviamente, todo era una sorpresa para ella, solo sabíamos los afortunados invitados a este exótico paseo.

Ese día sábado los celebrantes prepararon un asado con los amigos para festejar su aniversario*. La idea era que a cierta hora llegaría la limusina a la calle y el esposo llevaría a la esposa a la casa mientras los invitados íbamos al encuentro del carruaje y esperábamos que llegara la celebrada con cara de emoción. Pues bien, durante el asado estábamos todos con esa sensación de Año Nuevo, esperando un momento preciso en el que todo iba a dar un vuelco y lo íbamos a empezar a pasar excelente arriba de una limusina. Me hizo recordar muy vivamente el día de mi despedida de soltera, cuando mis amigas esperaban ansiosas la llegada de un bailarín exótico en el que habían jugado todas las cartas de la diversión de esa noche y que finalmente no se apareció. La Isa tiritaba cada vez más con una mezlca de frío y de nerviosismo conmovedora (frío porque ese día corría un viento apocalíptico que voló más de un vasito). Por fin, a eso de las diez de la noche, alguién dio la seña. El esposo se llevó a la esposa a la casa y nosotros salimos del patio a la calle a buscar la limusina.

Para ser muy honesta, en ese momento me emocioné bastante, con esa emoción de las grandes expectativas. Dimos vuelta la esquina y ahí estaba... era un auto gigante y largo. Una limusina. Un auto grande, nada más. La emoción se hizo humo y quedó más bien esa sensación "ah, qué buena onda". Obviamente nos sacamos fotos con la limusina. Los más entusiasmados eran los machos del grupo, pero he visto que los hombres en general se emocionan con cualquier auto más o menos fuera de lo común. Por dentro era mucho más que un simple auto, obviamente: asientos de cuero, un minibar con luces de neón, luces en el cielo, música, pantallas planas... todo lo más top. La esposa casi no podía no hablar de emoción, tenía cara de Miss x ganando el Miss Universo. Pues bien, nos subimos todos a la limusina entusiasmados y pensando "ahora sí que empieza la diversión".

Lo primero fue brindar con champán helado de dos botellas que el simpático conductor nos abrió, prometiendo más en caso de que faltara. Funes y yo quedamos sentados justo en las ventanas de la limusina, pero un par de invitadas nos pidieron cambio, pensamos que para estar cerca de sus respectivos pololos, pero no... no bien hubo partido el paseo este par de yeguas se puso a gritar por las ventanas y, dicho en buen chileno, a sacarle pica al resto de los mortales que caminaban o conducían alrededor de la monstruosa Hummer. Al comiezo me pareció algo folclórico, pero después de quince minutos quería tirarles la botella de champán en la cabeza al par de señoritas.

Los mismos quince minutos duró la emoción por la limusina. Una vez sentados ahí, la cosa era igual que ir en un auto cualquiera, solo que con alcohol y música muy fuerte. Ni siquier podiamos conversar y echar la talla porque quedamos muy lejos unos de otros y porque la música no dejaba escucharnos. Ya a la media hora estaba honestamente aburrida y me quería bajar e irme a la casa... las señoritas prendieron un cigarrillo dentro de la limu, sabiendo que no podían y se ganaron un reto del conductor. Otro intentó sacar el cuerpo por la ventanita del cielo (no sé el nombre técnico), sabiendo también que no se podía, y vino otro reto. Finalmente, uno de los pololitos le lanzó una botella de cerveza a su amada novia, por la espalda, que sonó como un piedrazo en la puerta de la limu. Obviamente todos nos asustamos y el sujeto se hizo el desentendido total. Incluso dijo que alguien desde la calle había tirado algo en contra de la limu. A esa altura quería que la nave nodriza me abdujera. Para rematarla, un par de semáforos más allá el gringo se choreó de las preguntas de su novia y se bajó en medio de la nada dando un portazo.
Gracias por terminar de agriar nuestra noche.

Como ven, esos sueños de diamantes, fama, fiesta y limusinas no siempre terminan bien. De hecho, me pregunto por qué alguien querría gastar mil dólares por dos horas arriba de un auto. Porque por muy grande y elegante que sea la limu, es finalmente un auto. La actitud de las señoritas me dio la respuesta: una limusina te recubre de poder y de grandeza. Casi todo el mundo nos miraba a nuestro paso y debo confesar que esa fue una sensación agradable. Pero, después de un rato, ya no es suficiente que te miren, tienes que hacer notar tu diferencia y ahí tu paseo agradable y simpático empieza a transformarse en una especie de travesía de humillación para los pobrezuelos que no son tan geniales como tú y caminan en dos pies como todos los mortales. Pero lo que estas niñas no recordaron fue que más tarde tendrían que volver a sus casas en buses y taxis, igual que el resto de los mortales. Yo, por mi parte, no pude dejar de sentir una vergüenza extraña durante el paseo. Lo bueno es que comprobé que, afortunadamente, los sueños de diamantes y limusinas están muy lejos de nuestras cabezas. Muy afortunadamente.


*No quiero ser amarga ni 'morder la mano que me da de comer', pero yo jamás haría un asado para celebrar mi primer aniversario de matrimonio... es tan poco romántico!

3 comentarios:

  1. se me ocurre otra lección de este episodio: wones imbéciles hay aquí y en la quebrá del ají, jajajaja
    Bien por ustedes que son cauros wenos e inteligentes :D

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  2. Me tinca como una experiencia tipo película gringa con gringuitos que van a la fiesta de graduación. Te juro. Ná que ver, pero fue lo primero que se me vino a la cabeza: ese tipo de noches en que todos pretenden ser lo ricos y famosos que no son, y donde cualquier idiotez (como 'sacarle pica' a los peatones -qué vergüenza) tiene sentido. Igual cuatiqueli.
    Abrazos :)

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  3. aay hermana... Al menos tienes una historia chori para contarle a tus nietos de 'cuando su abuelo y yo recién habíamos llegado a lah Australih pomijito, las cosas no eran como ahora...'

    xD
    saludos peatones transantiaguinos!

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