Una nueva semana en la isla y varias novedades que compartir con ustedes, fellows. Perdonen la poca constancia en la escritura, pero a veces los dedos no responden y las neuronas no se reunen lo suficiente como para garabatear dos palabras juntas. Pero aquí vamos con una pequeña historia de esta semana.
Lunes otra vez... como les contamos hace poco, los lunes acá son para los Ciclistas Furiosos. Ciertamente ese no es su nombre, pero no sabemos el nombre en inglés y probablemente no lo sepamos nunca, así que mejor le inventamos uno ad-hoc. Aunque para ser honestos y apegados a la realidad, quizás debieramos llamarlos Cariñositos sobre ruedas o Ciclistas Mega-Amables o algo que revele todo la hermosa buena onda que fluye como manantiales desde estas personas. Realmente, no sabemos si fuman mucha hierba, si hacen yoga o si la cleta los deja en ese estado zen, pero todo el mundo en este grupo, sin excepción, es una fuente de amabilidad y buenas intenciones... tanto, que para nuestra idiosincracia chilensis-desconfiada, puede ser algo sospechoso en un comienzo. Pero solo en un comienzo.
El lunes nos volvimos a aparecer por allá porque la bici de Funes aún necesitaba unos ajustes y yo quería ver si encontraba una para mí, y porque es una excelente oportunidad para compartir con otras personas y aprender algo nuevo para nosotros. El encargado nos había dicho la semana pasada que este lunes tendría nuevas bicicletas disponibles, así que me fui tempranito para allá: a las 4 y media ya estaba sentada en el pequeño parquecito que hay en las torres (imagínense unas torres como las de San Borja en un parque como el de las torres de Carlos Antúnez), esperando las cinco de la tarde, hora en la que comienza toda la acción. Cuando llegué ya había un par de ciclistas esperando... motivación total. A la hora indicada me acerqué al garage de bicis y el encargado estaba ahí, puntual, ordenando su mercancía. Habían unas joyitas de primera clase, pero estaban todas reservadas. Pero el hombre se acordaba de mí y me dijo que podía buscarme unas partes en buen estado para que armara una por mi cuenta. Así que salí de ahí con un esqueleto y un par de ruedas para armar la cleta.
Lo primero fue poner las cámaras, cosa que ya había aprendido la semana pasada. Pero esta vez se sumó otra dificultad: parcharlas. Tenía una leve intuición de cómo hacerlo, porque cuando era una enana mi papá nos parchaba las cletas y tengo claras memorias de las tardes de sábado y mi papá hundiendo la cámara en un tarro con agua para encontrar el bendito orificio... pero el recuerdo se oscurece un poco en los detalles más técnicos del asunto. Así que pensé pedir ayuda, pero no fue necesario porque con solo ver mi cara de pregunta a punto de saltar al aire se me acercó una mujer australianísima, amabilísima, cariñosísima, simpatiquísima, dulcísima y etc. Mary Anne me enseñó como parchar la cámara, y lo que no sabía lo preguntó a un crack para estar segura de que todo saliera bien. Así que en poco rato tenía las cámaras parchadas y estaba lista para los siguientes pasos.
Pero, cuáles eran los siguientes pasos? De nuevo, no alcancé ni a preguntar, porque en un dos por tres tuve a mi alrededor un grupo de señores rusos, amigos de Mary Anne, que se pusieron manos a la obra para armarme la cleta: Boris, una panza gigante, una esclava de plata en cuello y un anillo en el dedo chico de la mano; Blas, medio calvo, con una voz muy suave, muy concentrado en la bicicleta; y otro, más joven, muy rubio, tomando cada cierto tiempo un sorbo de una botella de vino envuelta en una bolsa de papel y revisando la procedencia de las herramientas que usaban solo para decir "oh, american, not good... oh, China, good good". Parecía que se habían quedado atrapados en la Unión Soviética. Cuando les dije que veníamos de Chile, lo primero que dijeron fue "Luis Corvalán y Salvador Allende". Con esos antecedentes pueden suponer que les amé desde el principio...
Así que ahí estuvieron, Blas y Boris, metiendo mano a la cleta hasta que les resultó una hermosa flaquita, lista para usarse (salvo por la falta de frenos traseros, lo que arreglaremos la próxima semana). Mientras tanto, Funes intentaba solucionar con ingenio lo que no sabía cómo arreglar. Pero entonces, uno de los cracks del grupo se le acercó y le dijo "aquí estamos". Su nombre, Will, un hombre de unos 55 años, flaquito, pelo blanco, lentes chiquitos y los dedos manchados de grasa de tanto arreglar bicicletas. Cuando Funes le dijo que éramos de Chile, Will dijo "oh, Chile, I have been there four or five times, in El Tololo". El hombre es astrónomo y en sus ratos libres técnico en bicicletas... nos enseñó todo lo que podía enseñarnos y aunque no pudo terminar de arreglar la cleta, porque las horas se van volando, se comprometió a continuar la próxima semana.
Pues bien, en consideración a nuestros héroes ciclistas hemos decidido, inspirados por los dioses del camino, que bautizaremos a nuestros nuevos corceles con nombres adecuados a sus creadores. Así, la cleta de Funes, marca Giant, pasará a llamarse Red Giant o Gigante Roja, un tipo de estrella de esas que andan locas por el espacio. Por mi parte, mi hermosa cleta, marca Apollo, tendrá ahora por nombre Laika, la perrita rusa que salió al espacio y nunca volvió. Apollo, Laika... se entiende?


PD: a aquellos de nuestros queridos lectores que se interesan en ir a buscar su propia bici (o sea, a Bea), la dirección es Philips n° 1, Waterloo (abajo de las grandes torres)
PD: a aquellos de nuestros queridos lectores que se interesan en ir a buscar su propia bici (o sea, a Bea), la dirección es Philips n° 1, Waterloo (abajo de las grandes torres)
QUE BELLA EXPERIENCIA
ResponderEliminarBESITOS MIL
hermananananana,
ResponderEliminaresto es lejos lo más lA RAJITA!!
me alegro muchísimo por ustedes!
Ahora a esperar las fotos de los Cariñositos-sobre-ruedas
=)
Que emocionante! Suena fantástico, casi como aventuras de la generacion Beat.
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