domingo, 28 de diciembre de 2008

Cambio de estado


El sábado 20 de diciembre, a eso de las 17:20 de la tarde, en el antiguo living de la casa de mi abuela, firmamos un trío de papeles que nos convirtieron en marido y mujer (o esposo y esposa, como prefiero llamarnos). Ese día fue como una carrera contra el tiempo, idas al supermercado a comprar las cosas para la celebración (porque nos encanta la adrenalida de la última hora), peleas estúpidas por cosas que no existían, calor, micros, retos, bromas, mujeres pelando tomates y pintándose las uñas, llamadas por teléfono... todo para que a las cinco de la tarde llegara la oficial del registro civil, después de haberse perdido, y comenzara la ceremonia en presencia de nuestras familias.
En esta esquina, mi madre, mi padre, mis hermanos, mi tía, mi tío y sus retoños, mi abuela y mi querido profesor-ángel de la guarda. En esta otra esquina, madre, padre, hermano, primo y tías llegados directamente del norte. Todos muy arreglados, todos muy formales, porque hay que dar buena impresión a la familia.
Mi hermana y el primo fueron testigos de la celebración. Mi tía lloraba apoyada en el marco de la puerta. Hubo aplausos, besos, abrazos, llantos, parabienes y pésames. O sea, no faltó nada. Y como no faltó nada, tampoco faltó la celebración. Aunque tenía algo de temor porque nuestras familias no se conocían, todo salió como de cuentos.

Qué más puedo decir... comida, alcoholes, fotografías, bailes, felicitaciones... y lo mejor de todo, un anillo en nuestros dedos que nos condenará a la vida eterna juntos tú y yo.

Luego de la ley de los hombres, nos queda solo la ley de un tal Dios...

jueves, 18 de diciembre de 2008

Ritos de fin de año

Esta época del año está llena de celebraciones: en el trabajo, con los amigos, con la familia, con las mascotas, con todo el mundo. Ayer nos tocó la correspondiente celebración de fin de año con los amigos. Jugamos al "amigo secreto" y como ahí la imaginación abunda, la entrega de regalos estuvo muy entretenida. Cada uno de nosotros le puso el nombre del destinatario a su regalo y luego comenzó el dueño de casa entregando uno al azar. El regalado tenía que adivinar quién era el regalador y si no, pues a beber. Claramente nadie adivinó, aunque hubo regalos que gritaban el nombre del responsable.

El mejor regalo de la noche: una polera especialmente estampada para Funes, en donde su cara se montaba sobre el cuerpo de aquel famoso australiano que murió por una mantaraya y que gustaba de la vida salvaje... no puedo recordar el nombre ahora, pero ustedes me entienden. La polera decía "Australia: Prepare yourself for Mr. Funes".

Cuando ya nos íbamos y nos estábamos despidiendo, alguien dijo "esta será la última vez que los veamos solteros". Así que vinieron las fotos de rigor, las últimas fotos de soltería. Cuando salimos de ahí pensé que si todo sale bien, esta será la última celebración con amigos que tendremos de aquí a cuatro años. O sea, todo empieza a verse como lo último: la última fiesta con amigos, el último almuerzo como solteros, la última noche en la casa de los padres... Ya no puedo esperar a empezar a decir "esta es la primera vez que..."
Ya quedan solo 2 días!

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Resumen inicial: el comienzo del viaje

Hace unos meses salió en la televisión con muchos bombos y más platillos la convocatoria del gobierno para postular a ciertas becas llamadas Bicentenario. En ese momento, quedó en el aire la sensación de que la cosa sería casi una entrega indiscriminada de boletos y dinero para que todos los jóvenes entusiastas agarraran sus humildes mochilas y partieran a recorrer los mares.

Claro, con el paso de los días y del proceso, la fantasía del viaje gratuito a paraísos lejanos y desconocidos se desinfló lo suficiente como para provocar incluso protestas airadas y callejeras en contra de Conicyt por la enorme decepción. Finalmente, luego de declarar al mundo que 800 jóvenes se irían a estudiar allende los mares, solo unos 200 alcanzarán los puertos del otro lado del océano...

Por ahí rondando agosto, tomamos una decisión de manera inconsciente e irreponsable, como se deben tomar todas las decisiones transcendentales en la vida. Creo que en ese momento no pensamos muy bien en lo que nos metíamos, pero ya estamos ad portas de cambiar nuestro estado civil y eso nos ha traido estrés y contracción del plano temporal, pero sobre todo una dicha casi inhumana. El próximo sábado comienza entonces nuestro viaje a una secreta isla del tesoro.

Mientras caiamos en la cuenta de lo que significaba decir "nos casamos", empezamos a postular a las famosas Becas Bicentenario, con poca esperanza pero con la tozudez de un toro. De más está decir que el proceso mina la energía de cualquiera: había que ir de allá a acá, timbrar papeles, preguntar, llamar por teléfono, enfrentarse con funcionarios públicos muy amables y otros chalados, pagar, ir y volver de nuevo, buscar un papel que faltaba, mandar cartas, pedir recomendaciones, volver a preguntar por teléfono, desentrañar instrucciones, etc. Supongo que uno de los criterios de la selección habrá sido la perseverancia de los postulantes para terminar la postulación.

Finalmente, luego de esperar y de no esperar mucho, salió la lista de los preseleccionados y ahí estaba mi nombre. Y ahí pusimos un pie en el barco. Falta todavía el otro.