Hace unos meses salió en la televisión con muchos bombos y más platillos la convocatoria del gobierno para postular a ciertas becas llamadas Bicentenario. En ese momento, quedó en el aire la sensación de que la cosa sería casi una entrega indiscriminada de boletos y dinero para que todos los jóvenes entusiastas agarraran sus humildes mochilas y partieran a recorrer los mares.
Claro, con el paso de los días y del proceso, la fantasía del viaje gratuito a paraísos lejanos y desconocidos se desinfló lo suficiente como para provocar incluso protestas airadas y callejeras en contra de Conicyt por la enorme decepción. Finalmente, luego de declarar al mundo que 800 jóvenes se irían a estudiar allende los mares, solo unos 200 alcanzarán los puertos del otro lado del océano...
Por ahí rondando agosto, tomamos una decisión de manera inconsciente e irreponsable, como se deben tomar todas las decisiones transcendentales en la vida. Creo que en ese momento no pensamos muy bien en lo que nos metíamos, pero ya estamos ad portas de cambiar nuestro estado civil y eso nos ha traido estrés y contracción del plano temporal, pero sobre todo una dicha casi inhumana. El próximo sábado comienza entonces nuestro viaje a una secreta isla del tesoro.
Mientras caiamos en la cuenta de lo que significaba decir "nos casamos", empezamos a postular a las famosas Becas Bicentenario, con poca esperanza pero con la tozudez de un toro. De más está decir que el proceso mina la energía de cualquiera: había que ir de allá a acá, timbrar papeles, preguntar, llamar por teléfono, enfrentarse con funcionarios públicos muy amables y otros chalados, pagar, ir y volver de nuevo, buscar un papel que faltaba, mandar cartas, pedir recomendaciones, volver a preguntar por teléfono, desentrañar instrucciones, etc. Supongo que uno de los criterios de la selección habrá sido la perseverancia de los postulantes para terminar la postulación.
Finalmente, luego de esperar y de no esperar mucho, salió la lista de los preseleccionados y ahí estaba mi nombre. Y ahí pusimos un pie en el barco. Falta todavía el otro.
Claro, con el paso de los días y del proceso, la fantasía del viaje gratuito a paraísos lejanos y desconocidos se desinfló lo suficiente como para provocar incluso protestas airadas y callejeras en contra de Conicyt por la enorme decepción. Finalmente, luego de declarar al mundo que 800 jóvenes se irían a estudiar allende los mares, solo unos 200 alcanzarán los puertos del otro lado del océano...
Por ahí rondando agosto, tomamos una decisión de manera inconsciente e irreponsable, como se deben tomar todas las decisiones transcendentales en la vida. Creo que en ese momento no pensamos muy bien en lo que nos metíamos, pero ya estamos ad portas de cambiar nuestro estado civil y eso nos ha traido estrés y contracción del plano temporal, pero sobre todo una dicha casi inhumana. El próximo sábado comienza entonces nuestro viaje a una secreta isla del tesoro.
Mientras caiamos en la cuenta de lo que significaba decir "nos casamos", empezamos a postular a las famosas Becas Bicentenario, con poca esperanza pero con la tozudez de un toro. De más está decir que el proceso mina la energía de cualquiera: había que ir de allá a acá, timbrar papeles, preguntar, llamar por teléfono, enfrentarse con funcionarios públicos muy amables y otros chalados, pagar, ir y volver de nuevo, buscar un papel que faltaba, mandar cartas, pedir recomendaciones, volver a preguntar por teléfono, desentrañar instrucciones, etc. Supongo que uno de los criterios de la selección habrá sido la perseverancia de los postulantes para terminar la postulación.
Finalmente, luego de esperar y de no esperar mucho, salió la lista de los preseleccionados y ahí estaba mi nombre. Y ahí pusimos un pie en el barco. Falta todavía el otro.
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