
El sábado 20 de diciembre, a eso de las 17:20 de la tarde, en el antiguo living de la casa de mi abuela, firmamos un trío de papeles que nos convirtieron en marido y mujer (o esposo y esposa, como prefiero llamarnos). Ese día fue como una carrera contra el tiempo, idas al supermercado a comprar las cosas para la celebración (porque nos encanta la adrenalida de la última hora), peleas estúpidas por cosas que no existían, calor, micros, retos, bromas, mujeres pelando tomates y pintándose las uñas, llamadas por teléfono... todo para que a las cinco de la tarde llegara la oficial del registro civil, después de haberse perdido, y comenzara la ceremonia en presencia de nuestras familias.
En esta esquina, mi madre, mi padre, mis hermanos, mi tía, mi tío y sus retoños, mi abuela y mi querido profesor-ángel de la guarda. En esta otra esquina, madre, padre, hermano, primo y tías llegados directamente del norte. Todos muy arreglados, todos muy formales, porque hay que dar buena impresión a la familia.
Mi hermana y el primo fueron testigos de la celebración. Mi tía lloraba apoyada en el marco de la puerta. Hubo aplausos, besos, abrazos, llantos, parabienes y pésames. O sea, no faltó nada. Y como no faltó nada, tampoco faltó la celebración. Aunque tenía algo de temor porque nuestras familias no se conocían, todo salió como de cuentos.
Qué más puedo decir... comida, alcoholes, fotografías, bailes, felicitaciones... y lo mejor de todo, un anillo en nuestros dedos que nos condenará a la vida eterna juntos tú y yo.
Luego de la ley de los hombres, nos queda solo la ley de un tal Dios...